Cura sui
Escuela filosófica de la actitud
Filosofía para la vida
  • Grey Instagram Icon
  • Grey Facebook Icon
  • Grey Twitter Icon
  • Grey YouTube Icon

C. Vallès, 92. Sant Cugat del V.

guenos en Facebook

guenos en Twitter

Estate al día de nuestro Blog

  • Grey RSS Icon

Síguenos en Instagram

guenos en Youtube

Aviso legal.

by Lila

645.33.52.63

                         Apuntes para una vida nómada

 

Notes for a nomad life

 

 

                                               Nacho Bañeras Capell

                                               Universidad de Barcelona y URV

                                               testudismo@gmail.com

 

 

 

Resumen

La ausencia de referentes morales y la invalidez del sujeto cartesiano y moderno hace necesaria una reflexión ética en torno al compromiso y la responsabilidad.

El sentir de nuestra cotidianidad, abocada por una inercia irreflexiva a una circularidad depredadora, se muestra apocado y desorientado.

En un titánico esfuerzo por un sobre-vivir en precariedad derivamos nuestro confiar, aún por inercia, hacia objetivos, instancias o fines ajenos. Y nuestro presente y actuar nos devuelve la imagen de alienación, pérdida, soledad y silencio.

Repensar nuestras vidas, vivir nuestros pensamientos es, hoy, recuperar dos instancias desechadas: la filosofía y nuestra vida.

Aquello que hace imposible aunarlas, hilvanarlas es el êthos, la actitud. Y éste mienta la forma en la que habitamos nuestro mundo. Una forma que demanda proyección, madurez y compromiso. Una forma que permite infinidad de dibujos, nuevas subjetividades, relaciones de poder, estéticas de la existencia, transgresiones, políticas y solidaridades.

Palabras clave

Êthos, transgresión, estética, existencia, subjetividad

 

 

Abstract

The absence of ethic references and the no more valid concept of the carthesian and modern subject, needs an ethic thinking about commitment and responsability.

The sence of our daily life, approached by an unthinking irreflective inertness to a destroyer circularity, appears soft and confused.

In a huge effort to an uncertain survive, we still lead our trust in to an indolence towards scopes, requests or foreign goals. And our present and way of acting returns the image of allineation,  loss, loneliness and silence to us.

To think our lifes, to live our thoughts is today to recover two excluded instances:  the philosophy and our life.

Êthos, the attitude, is what makes  impossible to join and to tack them. This êthos mints the shape how we live our world. A shape that claims projection, maturity and commitment. A shape that allows an endless number of designs, new subjectivities, power reports, esthetics of existence, transgressions, policies and solidarities.

Keywords

Êthos, transgression,esthetic, existence, subjectivity

 

 

 

Presente.

 

 

¿Tiene hoy sentido preguntarse por una vida filosófica?

¿Tiene hoy sentido preguntarse por vida y por filosofía?

 

La vida se ha convertido en una gestión de una parcela privada que, progresivamente, va empequeñeciéndose. Esta parcela, mayoritariamente, consiste en una supervivencia. Una precariedad, un sobre-vivir, un pasar por alto nuestra vida. Un pasar que debe atender a un trabajo precario, una velocidad fagocitadora, una vivienda hipotecante… una materialidad que se ha convertido ora en privilegio ora en obligación.

Un atender a lo urgente descuidando lo necesario.

Una vida en precario es una vida que no se detiene, una vida en movimiento buscando surcar.

Vida-en-movimiento orientada hacia el compra-venta. Compra de lo urgente, de lo banal. Venta de lo propio: de la imagen, del trabajo, del cuerpo y del tiempo.

Una vida consumida, un tiempo líquido.

Dictado imparable de lo económico.

En el traqueteo de la superficialidad que busca respirar, la vida, hoy más que nunca, se evapora por la vida misma, ya por el mero sobre-vivir.

No sólo se han hecho menos hospitalarios los contextos en los que habitamos sino que nosotros mismos hollamos ese camino. Y lo hollamos tanto porque queremos, con un querer no hacer nada, como porque nos proyectan hacia ello.

Es un querer, puntualicemos, enmanillado, sí, hasta hipotecado, pero un querer que perpetua.

Y existe, como una moda que se expande, una misma y única manera de ver y vivir, una única dinámica a perseguir. Un sentir viciado, contagioso: es lo que hay. Así reza, tan escueto como directo, tan breve como sentencioso. Tajante.

La construcción y el recorrido para pronunciar, interiorizar y sentir esta sentencia es cada vez más breve y más rentable. Funciona como un virus.

Este virus se manipula, orienta o extiende a través de los medios de comunicación, mercados, políticas… y, finalmente, a través de nosotros mismos, en nuestro hacer, sentir y decir. Todos ya en una misma dirección, trabajando en la misma cadena de montaje ya prácticamente, entre nosotros, intercambiables, sustituibles, móviles, impersonales.

Y es que lo humano siempre se conforma con el entorno que lo acoge, la cultura que lo contornea o la materia que lo cincela. El contexto habla por nosotros, como nuestro hacer, pensar o corporalidad nos representa. Es el hombre un diálogo, en permanente construcción, entre él y su medio. La praxis, el hacer, el hilo que lo hace posible. Un diálogo que bascula de un interlocutor a otro, construyendo, en este compás, un mismo rostro, un mismo dibujo. El de nuestro presente viene coloreado por lo económico, es, de hecho, monocromo. Por ello, la subjetividad, el compás que traza el círculo de lo propio, de nuestra identidad, es aquello que acompaña lo económico: el trabajo, el consumo, el mercadeo, el rendir el tiempo, la eficiencia (en el descanso, la comida, el bienestar…). Un diálogo que se convierte en monólogo. La subjetividad es un producto estandarizado cuya fabricación se ha des-localizado y reside, hoy, en mercados bursátiles, en sociedades anónimas.

 

La subjetividad es la interiorización del mundo exterior: la lengua que hablo y las categorías de la experiencia sensible o del pensamiento de las que me sirvo… por consiguiente, no busquemos en el fondo de nosotros una subjetividad fundada en sí misma. Ésta es la razón por la que vuelvo a menudo al tema de un sujeto vacío. En la base de todo no está la subjetividad, sino un mirarse a sí mismo que libera la subjetivación[1].

 

¿Cómo llamar vida a lo que es una apnea respiratoria?

Lejos nos quedan las dádivas que empujaron la modernidad, olvidadas las categorías marxistas.

¿Qué nos queda hoy?

Hoy lo único que tenemos es una vida que trastabillea. Y en esta urgencia por alcanzar la sobre-vivencia, por llegar al ir tirando, nos hemos convertido en enemigos unos de otros, competidores entre iguales, desconfiados y solitarios.

Una vida que se ha convertido en nómada. Nómada de sí misma. Cuando todo lo que existe es un desierto, lo único posible es la migración constante.

Una subjetividad homogénea a cuestionar, surcos de arena por dibujar[2], vidas a recorrer, desiertos a respirar. La imagen que mejor lo ilustra es la de un desierto circular tal y como menciona López Petit en su obra, Entre el ser y el poder[3].

Por otra parte, traer a colación la filosofía suena, hoy, como recuperar palabras de otro tiempo. Casi ya un arcaísmo. Parece que expira la Filosofía como, en su tiempo, falleció Dios y el Hombre. Quedan migajas, despojos o escombros, nada más. Y, ese fallecer, es un continuo, un avance imparable. La filosofía se ha recluido en universidades o minusvalorado en su querer participar en la calle.

Continua en su no-hacer esotérico. Escondida tras los muros de un saber absorbente.

Como novedad, en su llamada dimensión práctica, se ha dejado arrastrar, demasiado rápido, por discursos simplistas, de auto-ayuda, sin respetarse aquellos puntales que le valieron para constituirse en una plaza para la reflexión.

El proceder filosófico demanda mediación, el alejarse de lo obvio, tiempo, ejercicio, responsabilidad, esfuerzo y, hoy, además, cuerpo y emoción. Pasión. En la velocidad de lo cotidiano, en la ausencia de acontecimientos y en la vivencia de una continua rutina, a lo único que alcanzamos a escuchar son enunciados como cebos que se nos clavan a través de aquello que más ansiamos: felicidad, jovialidad, frescura, novedad, sano… La dinámica que dibujan es, en el fondo, la misma que creemos romper: la de buscar, siempre, un objetivo por alcanzar. Y, si bien ese objetivo que buscan traer a colación parece ser otro que el mero dinero, trabajo o éxito, no cambian la dinámica y los medios para alcanzarlo ni, tampoco, las subjetividades resultantes. Seguirlas es caer en el aplazamiento o la sustitución de unos objetivos por otros sin tener en cuenta que los discursos, los modos de movilizar, los motivos, las finalidades y la manera de concebir la subjetividad continúan formando parte del problema y no de la solución.

Romper esta dinámica supone poner la atención en el propio individuo, en considerarlo, ya de entrada, plenamente capacitado no para transformar su presente, sino para responsabilizarse de él y de sí mismo, como una primera y necesaria tarea. No se trata, por tanto, de hacerle llegar más información cuando ésta, además, es siempre la misma, sino de priorizar la propia capacidad de reflexión del individuo delante de la dinámica de su propia vida y poner de relieve, para hacerlo posible, la importancia del tiempo, el espacio, la mediación, el diálogo, el cuerpo, el sentir… elementos, todos, propios del sujeto. La filosofía no es un discurso de unos cuantos que pregonan sobre otros, sino una actividad que se construye y re-construye a través de la experiencia, de lo adquirido, de la observación… demanda especialistas, si se quiere, únicamente para enriquecer el trabajo desde la complejidad y la dedicación pero no en la tarea vital, en la posibilidad de con-formar, uno mismo, la propia vida. Esta es tarea de personas plenamente capaces de madurar. Esto forma parte y es acerbo de la experiencia de cada cual. Responsabilidad, también, del que la lleva, de hacerla más rica, plena, emancipada o infantil, pero decisión, al fin y al cabo de cada cual. Decisión que, siempre, omitida, tajante, móvil, transparente, silenciosa, opaca, risueña o culpable, por poner algunos ejemplos, está.

Madurar no es un proceso que se alcance a través de discursos ajenos. De poco sirven objetivos, caminos o ideologías venidas y formadas a través de tradiciones dispares. Madurar es, sí, un proceso. Un proceso que, cada uno, debe emprender por sí mismo, primero para conocerse, luego para desmontarse y, finalmente, para volver de nuevo a sí mismo.

La vida de cada uno, la vida de todos nosotros, se ha convertido en una travesía por el desierto. Una travesía que realizamos, más que nunca, solos, pero, también, como nunca hasta la fecha, con una maleta repleta de esperanzas, deseos e ilusiones que no han sido suficientemente cuestionadas: de realizaciones, bellezas, éxito, dinero, felicidades… El camino manifestado por la filosofía muestra esta desmembración que se ha querido llamar Postmodernidad. Un despertar del sueño de la Modernidad sin encontrar, tras él, nada de lo esperado.

Tanto el recorrido de la filosofía como la dinámica de nuestras vidas comparten elementos comunes y ambas son retadas de la misma manera. ¿Cómo vivir y pensar cuando los fundamentos y coordenadas que, no hace mucho, servían para orientarnos, ya no parecen ordenar y estructurar nuestro mundo, pensar y sentir?

El problema, como manifestaba Heidegger en su tiempo, sigue siendo el mismo, a saber, el del fundamento[4]. Un fundamento que se delegó a figuras metafísicas (verdad, belleza, Dios…) o, más recientemente, al sujeto cartesiano, pero que retorna, constantemente, mostrándonos su vacío, fragilidad e inconsistencia.

El recorrido de la filosofía a lo largo del siglo XX no puede mostrar mejor la gran capacidad de la filosofía cuando ésta se muestra crítica. El siglo XX ha sido un desvelamiento de aquello a través de lo cual el discurso filosófico pretendía vociferar: la razón, el sujeto, la verdad… y que, progresivamente, se ha mostrado como voluntad de poder, antropocentrismo, lenguaje, estructuras…

¿Qué queda entonces de esta tarea de desmembración? ¿Qué queda entonces de estas ruinas? Lo que finalmente queda es un estruendo de sonrisas[5], la de cada uno y la de todos. La ausencia de fundamentos lo que, en último término, permite es la responsabilidad, en nuestra propia carne, de cada una de nuestras vidas, un poder caminar por nosotros mismos, una puerta que se abre dándonos libertad. En esta oportunidad que se nos abre, no estamos solos, nos tenemos unos a los otros y podemos reunirnos en torno a la filosofía para que, a través de ella, podamos volver a construir una res publica.

Por tanto, hoy, la tarea de reapropiarnos de nuestras vidas y de repensar la filosofía puede hacerse conjuntamente. De hecho, se entrecruzan en las preguntas que, a poco que detengamos nuestra máquina vital se formulan: ¿Es esta la vida que quiero? ¿Cómo quiero vivir?

Estas preguntas permiten a aquel que las formula volver a constituirse como sujeto de su propia vida y abren la puerta a repensar el dibujo y la tarea de la filosofía, puesto que si la queremos a nuestro lado deberá, también, partir de la carencia de fundamento, deberá incluir y tener en cuenta un sujeto integral, esto es: no solo un sujeto orientado al trabajo, a la sabiduría, al poder o al amor, sino un individuo que piense, siente y note. Y, finalmente, deberá entrar en la dimensión ética de la pregunta.

La libertad, tanto en su formulación como en su respuesta, requiere responsabilizarnos en ambas direcciones. Tanto en su formulación, cuando precisamos tomar conciencia de nuestro entorno, de nuestro presente, de nuestro cuerpo, emociones… como, también, en su respuesta, de nuestra vida, los Otros o el entorno.

Y, lo que hace más evidente esta necesidad de responsabilizarnos es que, esta vez, ya no hay nadie ni nada detrás de la pregunta, sólo nosotros, de nuevo, cada uno de nosotros.

Por ello, podemos formular, a modo de enunciado, que la vida deviene arte y la filosofía una estética de la existencia. Si todo está por escribir y pronunciar, si nuestra vida ya no tiene un sentido como eje vertebrador, nuestro pensar y nuestra vida devienen obras por realizar, por construir, por crear.

Vida y filosofía se aúnan en la ética y convergen en el êthos a través de la pregunta ¿cómo quiero vivir? Y, en su formulación, debemos diferenciar dos ámbitos de capital importancia. El primero reside en el qué. El contenido de la respuesta. El segundo, en el cómo lo hago. Ambos, lo que hago y cómo lo hago, junto con lo que pienso y siento, dibujan la forma que, cada uno, tiene de sí mismo. Un material al que cincelar y transformar. El material con el que transgredir y politizar.

Configurar, construir, criticar, replantear, cuestionar, vivir esa forma es lo que, hoy, está en juego.

 

 

La forma un debate ético, una experiencia estética.

 

 

Resumiendo rápidamente, después de esta mirada a nuestro presente, sale a la luz que, la carencia de fundamentos de nuestra actualidad, pone en jaque la validez de nuestros pensamientos y acciones. No sólo el cómo justificarlos sino, más importante, cómo construirlos si lo que les rodea es puro silencio.

Ante esta carencia hemos optado, aunque pensemos que es pura inercia (pero hay una decisión en la ausencia: preferimos no decidir), por seguir la ruta de una inercia ya marcada. Y más cuando se hace necesario y obligado seguir esa senda al estar en juego nuestro sobre-vivir. Sin embargo, se ve claro que, cuando menor sea el margen de decisión o menor el espacio para decidir, menor también será la libertad. Más aún cuando, ese abismo de silencio, esa carencia de fundamento, nos genera respeto y, a la vez, nos contagia ese mismo silencio e inmovilidad.

No obstante, la carencia de un fundamento claro y, a bote pronto castrador, permite abrir una reflexión ética de alcances insospechados. En nuestra tradición, los valores morales han permitido al individuo sostenerse en ellos para realizar sus acciones y ser, a la vez, el cimiento de su cosmovisión. La remisión, a través de estos valores, a ámbitos trascendentales, ha suplantado la capacidad de madurez del individuo. A través de ellos, se ha apoyado, remitiendo el ejercicio de valoración, reflexión y libertad, a modos, textos o ideas ya dados y masticados. Por este motivo, por esta tendencia a apoyarse en Afueras, el individuo y la sociedad, en general, han ido generando una dinámica que ha obviado la posibilidad de hacerlo de otros muchos modos posibles. Se entiende, entonces, que la ausencia y desvaloración de estos puntales genere inmovilidad o parálisis. Y es que, cómo se le puede pedir al sujeto que ande por sí solo si, hasta la fecha, ha aprendido a hacerlo yendo de la mano.

¿Qué hacer con esta ausencia?

Como hemos constatado, esta ausencia, este vacío, deja la puerta abierta para un interesante reflexión o debate ético. Un debate que, no obstante, tiene mayores repercusiones e incide, de manera destacada, en la manera de concebir nuestras vidas y a nosotros mismos. De entrada, es una carencia que vuelve a hacer imprescindible el grito de la Ilustración: el sapere aude.

Si hay una carencia de referentes morales no queda otro remedio, otra opción, que ser, cada uno de nosotros, quien retome, quien coja, quien decida sobre este vacío. Lo necesario, por ello, es una reflexión ética que permita señalar al individuo como eje a partir del cual vehicular pensamientos y acciones, teniendo en cuenta el fracaso tanto de códigos morales cerrados y ajenos a la soberanía del individuo como del fracaso del sujeto cartesiano que se erigía como fundamento del saber y que queda convertido, ahora, en una figura de barro.

La obviedad del vacío obliga a reordenar el campo moral. Toda reflexión sobre ella, toda ética, debe hacer frente a este reto. ¿Qué tenemos a nuestra disposición en este desierto?

En primer lugar, la herramienta de la filosofía. Nuestro pensar. Un pensar que, ahora, más que nunca, debe ser compartido, porque compartida es, también, la sensación de perdida, el sabernos nómadas. No sólo hemos de mantener a nuestro lado la proclama ilustrada del sapere aude sino, también, aquella concepción de la filosofía expresada por el sentir foucaultiano y con tintes nietzscheanos. La filosofía debe devenir en un reto y una transgresión de nuestras vidas, de nuestros pensares.

 

Reivindicar este tiempo reflexivo, este espacio libre, de silencio, es apostar por la creación de sentido y por el inconformismo con lo dado. Es posicionarse en una actitud activa delante de la vida, mostrando hacia ella una mirada más personal, más consciente y, también, a través de esta mirada, una praxis más responsable[6].

 

En segundo lugar, tenemos a nuestro alcance, nuestras propias vidas. Éstas son el campo a través del cual podemos generar saber. Este campo, esta infinidad de labranzas, son cada una de nuestras experiencias. No sólo a partir de las cuales generamos conocimiento de nuestra realidad sino que nos devuelven una imagen nuestra, tanto de nuestro hacer, como de nuestro sentir y, por último, porque a través de ellas, podemos modificar tanto nuestro entorno como nuestra cosmovisión y, a través de la propia vida, a nosotros mismos[7].

Nuestra experiencia la fuente de nuestro saber, la estética, por ello, nuestra aliada. Y este camino, hay que tenerlo presente, no se nos da hecho, sino que hay que construirlo a cada momento, de nuevo, en cada pensamiento, acción o sentir.

Este otorgar valor a la experiencia, la sensibilidad y la observación como forma de saber, asigna una función constitutiva a la cuestión de la elección personal que estriba en el arte de la formación y transformación de nosotros mismos. En definitiva, una estética de la existencia. A considerarla una nueva moral[8]. A retomar la concepción del arte de vivir como:

 

Esa destreza elemental a través de la cual uno puede gobernarse y tratarse a sí mismo[9].

 

Ya no mentamos al sujeto cartesiano como eje, inmutable, de un decidir, sino que nos remitimos al dibujo, siempre por trazar, de una subjetividad que se esboza tras cada experiencia. Nos referimos, entonces, al êthos como aquella noción que permite aunar las necesidades de nuestro presente con el complejo panorama moral.

 

Êthos:

 

 

Una acepción de este término griego es la de carácter. No obstante esta traducción directa hay que matizar ya que lo que se entiende hoy por carácter no es lo que entendían los griegos.

Carácter mienta hoy una determinada manera de ser del individuo, una manera de ser que lo define y lo diferencia de los otros. Este carácter, que se despliega a lo largo de la vida, puede derivar de muchos orígenes. De hecho, en nuestro presente, este carácter lo remitimos a causas externas a nosotros: la familia, los genes… dejando un pequeño margen para las modificaciones que realiza el propio sujeto a través de su experiencia vital. Este carácter, exceptuando estas pequeñas modificaciones, viene ya dado y, en todo caso, si existe una curiosidad personal, hay que descubrirlo a medida que se despliega por los estímulos de la propia vida. Si a esta apreciación le añadimos la reflexión del principio referente a nuestra actualidad, este carácter queda más coartado si cabe. Las experiencias que tenemos en un mundo que va todo en la misma dirección son siempre las mismas, tienen una misma dinámica[10], las conclusiones y las vivencias serán todas las mismas y, para todos, idénticas. Además, nuestro carácter funciona, en nuestro presente, como una empresa. Primero porque lo consideramos como un conjunto de valores por explotar, redimir o subsanar. Segundo, porque siempre tiene la finalidad de repercutir en nosotros, como una marca que se expone, vende y publicita. La finalidad es trasmitirle, permanentemente, más valor de mercado.

Por el contrario, el êthos al que nos referimos[11], se conceptualizaba como un modo de ser derivado de la costumbre[12]. En la propuesta que aquí desplegamos, no aspiramos a desplazar esta noción, tal cual, a nuestro presente. Recuperar toda una cosmovisión es imposible, sin embargo, sí podemos desmontar el concepto y articularlo de una manera que se convierta en un hábil herramienta que nos permita hollar nuestra actualidad.

De nuevo, êthos mienta, primeramente, un hábito, una costumbre, una praxis sobre nosotros mismos.

He aquí el punto neurálgico de nuestra reflexión puesto que, esta definición, nos permite recoger este concepto para convertirlo en una potente herramienta en nuestro presente.

Analicemos, desglosando, los diferentes elementos de éste.

Destacamos, de entrada, las dos partes de esta definición. La primera que menciona el modo de ser. La segunda, que deriva, ese modo de ser, de una costumbre, de una práctica reiterada.

Empecemos, de entrada, con la primera parte y, en concreto, con la peliaguda noción de ser. Sin entrar en delimitar entre las nociones de ser de la Grecia clásica y la nuestra, hay que diferenciar que este ser remite a lo considerado por los griegos como una segunda naturaleza. Una segunda piel del ser humano por cultivar, por educar y por construir. Un ser social diferente al animal que hay que desarrollar a través de la educación. Es a esta dimensión del ser al que se orientan las leyes y prescripciones morales. El ser de esta noción, por tanto, hace referencia a una dimensión humana no prescrita por la naturaleza. Una noción plástica y moldeable que debe ser atendida, labrada. Condición para traspasar el umbral animal, condición de humanidad. Ligazón entre el cultivo de uno mismo y la condición humana. En ningún lugar se menciona el modo de este ser. A diferentes costumbres y prácticas, diferentes modos de ser. Cada modo dibuja un determinado modo de ser.

La modalidad, la forma, deviene punto crucial en la formación del ser humano. Haciéndola protagonista en la reflexión, se excluye, de entrada, la idea de una única naturaleza en el ser humano que tenga que ser descubierta, aflorada. Preferencia de la formalidad sobre la normatividad, el positivismo o el contenido. En la mención de la forma se quiere destacar el estilo que uno se otorga mediante la práctica, contrastándola con la prescripción de normatividades enraizadas en elementos externos (leyes, soberanos, dioses…). Además, el modo, la forma que se adquiere, hace referencia no a una profundidad sino a una superficialidad y artificialidad que deben ser labradas.

En lo referente a la segunda parte: derivado de la costumbre, se nos indica el camino para hacer efectivo o, si más no, para iniciar el proceso de formación del êthos. Una práctica, un hacer reiterado y constante. La dimensión ética se relaciona, entonces, con la praxis, con el transformar a través del hacer. De nuevo, implícitamente, se indica un proceso por realizar. El êthos es algo a construir. Y, en esta construcción, el protagonista es, fundamentalmente, el propio sujeto. Se desplaza por ello, a diferencia de las morales tradicionales, al actor del exterior al interior. De la pasividad receptiva, a la actividad creadora. Es el propio sujeto el responsable, a través de su experiencia, de la figura resultante. El actor de su vida, el creador de su obra.

 

La ética es una praxis; el éthos, un modo de ser. En este sentido, la ética está ligada a las experiencias que se hacen, al cuidado que realiza el individuo sobre sí, al arte inherente de la conducción de sí. La ética como arte de vivir centra su atención en el éthos del que el propio individuo se dota a sí mismo. Por ética cabe entender, entonces, “la relación con uno mismo” que se lleva a cabo en la acción[13].

 

Desplazar, en el territorio moral, no sólo el origen de la normatividad, sino, también, la validez y la fundamentación, del territorio de lo externo a un acto volitivo del sujeto, tiene implicaciones más allá de las responsabilidades que adquiere el individuo, más allá, también, de la libertad que se apareja con dicha reestructuración. Sin embargo, por ahora, nos mantenemos, aún, en el análisis más pormenorizado de esta alternativa moral que vamos dibujando.

Una vez esbozado el planteamiento y dinámica, una vez expresada la máxima o principio, a saber, una estética de la existencia que tiene por objetivo el transformarse uno mismo por la praxis, utilizando el modo como Foucault caracteriza toda moral, despleguemos los cuatro elementos que caracterizan a ésta.

 

  1. La sustancia.

  2. El modo de sujeción.

  3. La praxis.

  4. La finalidad.

 

1. La sustancia.

En la estética de la existencia la sustancia que está en juego, que se vincula con la máxima, no es otra que nuestra subjetividad, el dibujo conformado por nuestro sí mismo. En el transcurso del debate filosófico de nuestro tiempo, se ha criticado la figura, remanente de la modernidad, del sujeto cartesiano. Este sujeto, a grandes rasgos, funcionaba como la categoría que fundamentaba el saber y, como consecuencia, también el hacer. Esta figura, en la que participaba, en su construcción y desarrollo, gran parte del recorrido filosófico de la modernidad, se caracterizaba por ofrecer una idea de la subjetividad clara y diáfana.

Esta concepción moderna remitía a un sujeto que se conceptualizaba como el puntal a través del cual se ordenaban y erigían los ámbitos éticos, políticos o epistemológicos. No obstante, este mismo puntal que se creía sólido e enraizado, adolece de precariedades. El principal, el de no haber tenido en cuenta la historia (y las relaciones de poder) o, dicho de otros modo, tras una tarea filosófica de sospecha, el de no haber señalado los espacios en vacío y los presupuestos de dicha construcción.

Tras el periplo crítico del siglo XX, la filosofía ha mostrado el sustrato a través del cual emergen epistemes, estructuras o paradigmas que ordenan el campo del saber y del hacer. Sin embargo, estas epistemes han de ser consideradas redes en las que convergen infinidad de elementos, de las cuales la voluntad clarividente del sujeto moderno es más bien escasa pues interaccionan estructuras sociales, gramáticas, simbolismos, poderes… También evidente y doloroso ha resultado experimentar que los discursos sustentados en verdades absolutas, ya inmanentes ya trascendentes, han privilegiado un pensamiento a-histórico, el dominio de una determinada verdad y la exclusión, castigo o silencio de la dimensión individual del pensamiento crítico y autónomo.

Avanzando gracias a la experiencia histórica, se evidencia que cuando más homogéneos y unidireccionales son los valores y referentes a través de los cuales se estructuran las acciones y pensamientos, y cuanto más alejados están los ámbitos de decisión del individuo, mayor es la sensación de aprisionamiento y alienación y, en contrapartida, menor el espacio de libertad.

Por ello, cuando sentimos nuestro presente como una poderosa máquina que, a través de los conceptos normal, trabajo, consumo… pone en liza una única manera de concebir lo humano y observamos el motivo económico, impersonal pero incuestionable, adentrándonos en estrategias de poder, el ámbito que queda en disputa, el tablero de juego, es la propia subjetividad. Y es que, aun habiéndose cuestionado la figura del sujeto moderno, la racionalidad o la idea de progreso, hay que atender que la red “alternativa” que se va tejiendo, que gira en torno al ocio-consumo-trabajo-conformismo, continua siendo similar, quizás ya no en el contenido, sí, sin embargo, en la forma: una subjetividad con-formada por un Afuera.

Habiendo vivido la falsedad[14] de las ideologías antes movilizadoras, nos hemos recluido en un ámbito de privacidad en el que, parapetados de defensas materiales, buscamos alcanzar una realización en el ideal, aún moderno, de la felicidad. Ésta jalona nuestro presente y es un acicate de nuestro sentir, de manera que es imposible hallar satisfacción en empresa alguna. Y es que, la felicidad, funciona como un ideal que estimula su persecución pero que no tiene un contenido y dibujo concreto. Y esto es, seguro, lo que genera más ansiedad. Recordémoslo, la ansiedad no sólo es una de las enfermedades de nuestro tiempo sino un atributo de nuestro presente vital. La ansiedad no es otra cosa que una desviación de la atención, energía, esfuerzo… por la incapacidad de un tomar conciencia de. En nuestro tiempo, un generar movimiento, una-vida-en-movimiento que no puede sostener la soledad y el silencio de nuestro continuo devenir. La felicidad es aquel caramelo que, a poco, va perdiendo su eficacia redentora y con la que evitamos enfrentamos a un luto por un tiempo ya no recuperable.

Este ángel[15], antes representativo del progreso, ahora de la felicidad, que avanza cueste lo que cueste y que estructura, junto con el trabajar, como condición para conseguirlo, y el consumir, como medio y camino para irlo alcanzando, es nuestro cuadro vital. Es ahí donde nuestra mirada debe reposar, hacerse más penetrable y recuperar nuestra propia vida, nuestra subjetividad como aquello que transformar, reflexionar y comprometer.

 

2. El modo de sujeción:

Este aspecto mienta la forma en que se vehicula el sujeto con el imperativo moral. Hablamos de la vinculación, la validez o la justificación.

Esta forma puede ser un mandamiento divino, una ley o una ideología.

La propuesta de estas páginas es que, esta forma, este modo, sea una actitud relacionada con la estética y con la volición del sujeto.

Y es que, teniendo presente nuestra actualidad, la validez o no de nuestras acciones o pensamientos, ya no pueden derivar de un discurso en mayúsculas sino, antes bien, de experiencias a través de la cuales articular un discurso ya no sustentado en narrativas ajenas y externas.

Advertimos que la proclama de este vínculo no excluye otros posibles. Además, hace falta, para evitar malentendidos, volver a puntualizar que, esta alternativa, no busca o deriva en un aceleramiento de las prácticas individualistas de nuestro presente, sino que tiene muy presente la sustancia que está en juego. Es importante, entonces, diferenciar entre norma y normalización. Toda norma, por ejemplo la legal, tiene por objetivo hacer posible la convivencia de un colectivo. Sin embargo, como detallábamos, la tendencia de las normas, al igual que cualquier dinámica de poder, es a reificarse, solidificarse y a conceptualizarse como la única posible, ante lo cual, la norma pasa de ser considerada una convención, a una verdad que promueve juicios, moralidades y subjetividades (cosmovisiones). Una máquina de normalizaciones. Por ello, no tanto se cuestiona la existencia de normatividades como sí su tendencia y el vínculo que promueven con el sujeto que las lleva a cabo.

Estos son los motivos que vuelven a hacer necesario recuperar el significado etimológico de êthos. Este término conjuga y permite recuperar el ideal clásico de la forma del carácter o del carácter mismo como modelo y sustancia ética a moldear. A concebir el carácter como obra de arte.

En la recuperación del êthos como terreno moral, el vínculo, el modelo de vínculo como segundo elemento que queremos resaltar, también se adecua a las necesidades y carencias de nuestro tiempo. Aquello que queremos enfatizar, puesto que de lo que hablamos son de estéticas de la existencia, es que, en definitiva, el êthos es una decisión del individuo.

De nuevo, retomando la terminología antigua, êthos es aquella actitud que se postula a través del hacer.

Relacionar el modo de sujeción con la estética y, por ende, con el dibujo y la forma del hacer, antes que incidir en el contenido normativo de ese hacer, de entrada, prioriza la forma antes que el contenido.

Si, como explicábamos anteriormente, los modos de sujeción hablan del vínculo, la ligazón que se propone con la estética remite a la íntima decisión del individuo. Exigen de éste, pero, un determinado proceder, unas normas formales para constituir la elección y decisión. La elección remite, en último término, a un arte y, como tal, a un proceso de elaboración.

Enfatizar o defender estéticas como modos de sujeción tiene repercusiones por sí solas, más allá o junto al priorizar la forma antes que el contenido. En primer lugar, porque de lo que se carece es de discursos universales. Se evitan, así, discursos únicos, a la postre homogeneizadores y centrípetos de poderes. En segundo lugar, el peso del protagonismo se traslada, de una forma recalcable, al individuo. Es él el responsable de sus elecciones. Aunque se le traspasa autonomía no se le da arbitrariedad.

Y el modo se convierte, también, en el motivo, en un motor circular. Explicar el por qué de esta nueva moral es remitirnos a lo introducido para presentar nuestra actualidad. Resumiéndolo, que ya no hay nadie ni nada. Ni discursos, ni voces, ni verdades, ni cielos. Y, no obstante no haberlos, sí hay un espacio para escribir. No hay voces, no, pero tampoco existe el silencio. En el desierto, en la escasez de referentes y horizontes, hemos de sabernos orientar nosotros mismos, tomando conciencia que lo que más urge es una parada. De momento, sólo damos vueltas en círculo, persiguiendo una estrella llamada felicidad.

El motivo, entonces, nosotros mismos y nuestro madurar, a la postre, todos.

Hoy, cada uno de nosotros, es el responsable de salir de su propia cueva platónica. Sí, repetimos, ya no hay nadie ni nada, los responsables de las cadenas con las que nos hemos habituado a caminar somos nosotros.

 

 

3. Praxis.

La praxis es el terreno donde realizar el êthos, donde hacer real el proceder ético, aquel que, en nuestro tiempo, se orienta a aquello que nos urge más: recuperar nuestras propias vidas, apropiarnos de nuestro decidir, recuperar la voz y el tono para responder.

La praxis, ese poner en palabras, carne y acción, lo querido y pensado, es una tarea en gerundio, una tarea en permanente, simultanea. Demanda compromiso, un sortear la aridez del día a día, una promesa con uno mismo. Una mirada propia. El encaminarse por esta senda, el decidir ir por ella ya es, de entrada, una transformación, una primera actitud tras la cual van implícitos multitud de elementos relevantes. Destacamos, resumidos, algunos de ellos:

 

  • El amor propio: un valorar la propia vida y lo propio. Asumir, con respeto y paciencia, las zonas oscuras, escondidas

  • Una madurez: saberse y hacerse responsable de las decisiones, omisiones y acciones en cada uno de nuestros actos, silencios, palabras, gestos o pensamientos.

  • La confianza en el proceso de transformación constante. Asumir que nuestra personalidad, nuestra subjetividad, no es un trazo al que debamos acatar o dar continuidad sino que, por el contrario, se ha formado y con-formado a través de los años, como una estrategia que siempre nos facilita el sortear aquello que más nos cuesta, que acaba solidificándose en un colocarse siempre en una misma postura, con un mismo carácter, impidiéndonos vivir la riqueza de cada una de las situaciones y menguando nuestra libertad para decidir, actuar o pensar, más allá de lo marcado por nuestra identidad.

  • La importancia del aprendizaje. De la toma de conciencia de aquellos elementos que a los que no damos validez (instinto, ira, miedo, vergüenza, desconfianza…) y que, no obstante, construyen nuestro vivir.

  • Un abrir la puerta a la posibilidad, a una mayor libertad. Una emancipación, tras un trabajo de reflexión, de aquello que hemos interiorizado como válido pero, también, un trabajo de emancipación con nosotros mismos, de nuestro ideal.

 

Finalmente, esta praxis ha de estar relacionada con la tarea del pensar, con la filosofía. El trabajo, primero, de toma de conciencia de nuestro presente, el propio y el contexto. Un trabajo de delimitación, de aquello señalado por Kant como el negocio del filósofo: la analítica. Segundo, tras la delimitación, un ver las fronteras de nuestro actuar, pensar… de lo propio y de lo ajeno, del Adentro y del Afuera, de la ya conocido y lo por conocer. También de un aflorar aquello que las fundamenta, de sus condiciones de posibilidad, de los pre-juicios, valores… Tercero, de un trabajo crítico con nuestro proceder. Un reconocer las justificaciones, razonamientos y motivaciones y un avanzar hacia nuevos caminos. Es aquí cuando nuestra vida y el reflexionar y sentir que le acompañan, deviene, verdaderamente, novedoso, transgresor. Una forma, una subjetividad que se modula más flexible, capaz de atender y dar espacio al contexto, siempre diferente, al modo de estar y posicionarse en cada momento, también, contingente, móvil, divergente. Un diálogo nómada, una subjetividad no apegada a un fundamento, un situarse con la mayor libertad/responsabilidad posible. La capacidad, subsiguiente, de poder encaminarse por una senda que se esboza al caminar. El desierto sólo tiene horizontes, barre las huellas y no tiene trazas ni veredas. 

En la praxis se renueva nuestra cosmovisión, se modula nuestra êthos. Construcción y de-construcción, permanente, de nosotros mismos.

 

 

4. Finalidad:

Es impropio mentar una finalidad para una estética de la existencia, de hecho, no la tiene. De lo que se trata, repetimos, es de una proceder. Metafóricamente, de un dibujar lienzos, en cada momento, blancos. Desplazar la importancia del objetivo o de la finalidad a la acción, al modo de actuar, tiene especial relevancia en nuestro presente. De esta manera, se pone de relieve, primero, el cómo, no el por qué ni, tampoco, el qué. Segundo, a través del modo, el protagonismo, también la responsabilidad, recae en el propio individuo.

En el empuje de nuestro presente, siempre en un mismo movimiento, en una misma, para todos, subjetividad, recalcar que esta dinámica es, como mínimo, una inercia querida por la irreflexión o por la urgencia del sobre-vivir, es dar espacio para otra temporalidad que nos permita una mediación, un salirnos de lo cotidiano, de lo propio, de la normalidad, que permita preguntarnos, si esta vida que llevamos, si esta única vida de la que, temporalmente, disponemos, es la que, verdaderamente, estamos dispuestos a sostener, a continuar. Esta mediación, precedida de una pregunta, no obedece, de entrada, a un qué, sí a un cómo. La pregunta por el qué obedece a un sistema que prioriza la finalidad respecto a la acción. En el desierto, cuando los horizontes mutan en espejismos, no hay una meta por alcanzar o, si se quiere, lo que está en juego es el propio sostén, el caminar.

La transgresión, en la tarea de la inmovilidad, en el darse tiempo para la reflexión, en la escucha de lo propio, en la carne o en el silencio, es mayúscula. Es un recogimiento, un atender a lo propio, a esta prístina ansiedad de velocidad. Una transgresión hacia nosotros mismos y hacia nuestro entorno.

El cómo, el modo, la forma, es dar cabida al presente, a lo que constantemente va emergiendo.

La praxis de una estética de la existencia es un devenir en mayor libertad.

 

 

Presentes.

 

 

Recalquemos las implicaciones de esta noción para nuestro presente.

En un presente que se ha convertido en desierto es obligado el nomadismo.

Desaparecidos referentes, ideas e ideologías, movilizado el trabajador, des-localizados los medios de producción, abstraída la economía, politizada y movilizada la vida, interiorizado el miedo y la precariedad, ¿qué nos queda?

Nos queda el asumir que no tenemos nada, que no hay nadie, que estamos solos. Silencio hacia fuera, pero, también, dentro de nosotros mismos. Nos queda el nomadismo. Nómadas sin destinos, nómadas de caminos, sin referentes. Nómadas de identidades.

El concepto de êthos resitúa el panorama en el que se encuentra inserto el sujeto contemporáneo. Es, como lo presentábamos, una herramienta, aunque por su extensión, alcanza mayor territorio, es más ambicioso. La herramienta que ofrece esta noción permite transformar al propio sujeto y, también, como veremos, a la sociedad que lo acoge. Y, como hemos ido desgranando, manteniéndonos cercanos al sentir de nuestro presente, se puede volver a remitir la soberanía al individuo sin que eso se entienda, repetimos, una remisión o defensa de la privacidad sino que, por el contrario, se busca abrir el camino para una praxis de libertad que tenga como objetivo deshacer la enajenación de nuestras vidas. El êthos, en una vida nómada, funciona como una brújula interna.

 

El trabajo ético que realizamos en nosotros mismos no es sólo para que nuestro comportamiento sea conforme a una regla dada sino para intentar transformarnos nosotros mismos en sujetos morales de nuestra conducta[16].

 

Desplegamos las conclusiones de esta estética de la existencia.

Toda estética de la existencia remite, en último término, a un posicionamiento activo del sujeto. Lo exige para su despliegue. Parte y demanda la práctica de libertad. Y lo que demanda es una praxis. Como toda práctica, un hacer y un deshacer, un aprendizaje constante, reiterado. No determina el caminar por una senda marcada, sí exige el ponerse en marcha, el andar. Requiere de un sujeto responsable, a saber, de un sujeto que se apropie de sus acciones, omisiones, palabras y silencios y, por ende, a la vez, de un sujeto consciente. Consciente de sus impulsos, de su corporalidad, emociones, sentimientos, razones, de los otros y de su entorno. De un sujeto, finalmente, reflexivo y consciente, abierto, capaz de tejer una red, de dibujar cuadros con las tonalidades y elementos de los que disponga.

La tradición ilustrada se vislumbra en cada elemento. Hay confianza en el individuo, sin embargo, junto a ella, la tarea es crítica. No sólo por su disposición a delimitar, a hacer más visible lo que aparece opaco, sino también, por su impulso al cambio, ya no a un continuo progreso puesto que esto se nos aparece como ilusorio, sí, pero, buscando una continua transformación, una dialéctica constante con el medio que nos envuelve, con los Otros pero, también y especialmente, con nosotros mismos.

Aquí el papel de la filosofía deviene fundamental. Ésta nos acompaña por los mismos derroteros. Observadora de nuestro presente, crítica con él y también con ella misma, la filosofía debe aparecer como una tarea transgresora. Un pensar los límites para sobrepasarlos. Y los límites, lo indicábamos al principio, son las fronteras que nos marca una cotidianidad marcada por lo económico. En su expresión última, en su instancia más atenazadora, nuestra subjetividad. Y, cuando el mayor límite de nuestra libertad somos nosotros mismos, el dibujo con el que nos hemos con-formado, el discurso que le acompaña, el miedo, la comodidad, la desidia o la ignorancia, la filosofía debe volver a convertirse en martillo.

Una vida filosófica, un vivir en filosofía, es una tarea creativa. Y la creación una transgresión crítica de aquello que nos impide llevarla a cabo, de aquello que coarta nuestra libertad y nos enajena.

 

El poder nos somete a través de nosotros mismos. Porque somos nosotros los que nos autocontrolamos, nos autovigilamos, nos autocastigamos, nos autoreprimimos, nos autocensuramos, nos autoengañamos... Todos tenemos un fascista dentro. Y un anarquista. Y un carcelero. La cuestión, entonces, es ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué nos aucontrolamos y nos autodominamos? Pues porque nos interesa. Lo que no nos interesa es reconocerlo, reconocer que nosotros somos nuestro propio enemigo. Por el contrario, nos resulta más agradable y agradecido creer que no somos responsables del mundo en que vivimos, que la responsabilidad de cómo son las cosas es de una exterior tecnología represiva, de unos perversos medios de comunicación al servicio de macabros intereses o de una difusa globalización. Pero esto no es más que un autoengaño para eludir la terrible evidencia de que el mundo es como es porque nosotros somos como somos, pensamos como pensamos, nos relacionamos como nos relacionamos y, en definitiva, vivimos como vivimos[17].

 

Finalmente, si somos nosotros en nuestra opción silenciosa, paralizada y perdida, los que hemos llegado a un desierto que justifica lo que hay, a una postmodernidad que, no teniendo meta-relatos, se acoge a las leyes del mercado, somos, nosotros mismos, los que tenemos la propia llave para cambiarlo. Nuestras vidas tienen la oportunidad de territorializarse en un topos donde llevarlo a cabo. El êthos nuestro camino en transformación, nuestra andar, sentir, pensar, hablar o compartir. Un devenir que dibuja subjetividades transgresoras.

 

Enorme desafío y reto insensato… no hay nada más difícil que cuestionar los elementos que definen la experiencia posible para el tipo de sujetos que somos, porque el hecho mismo de que esos elementos nos constituyan, tal y como somos, hace que se impongan a nuestro entendimiento con toda la fuerza de todo lo que es plenamente “natural” y absolutamente “necesario” escapando así a toda veleidad crítica.

Nada es más difícil que ese cuestionamiento, pero, también nada más imprescindible para alcanzar a ejercitar unas prácticas de libertad que solo pueden desarrollarse si emprendemos la ardua tarea de resignificar todas las evidencias heredadas[18].

 

El apoderarse de esta vida, el hacerse responsable de la dinámica que, cada cual, despliega hacia sí mismo y su entorno, es, por sí misma, una acción emancipadora y, como tal, un posicionamiento político, entendiendo política, como Aristóteles la clasificaba, como una tarea paralela a la ética.

Política, en democracia, es, primero, un decidir en común, pero, además, un equilibrio de poderes que siempre deben estar en liza.

Un decidir en común siempre demanda sujetos capacitados para ello. Pero el propio decidir es un ejercicio de sujetos libres, emancipados y responsables. Y la toma de decisiones siempre empieza por lo propio, un necesario gobierno de sí para alcanzar un gobierno entre todos[19]. Por ello, la estética de la existencia no es una proclama a la privacidad, sino un retorno a lo propio para poder decidir sobre lo común. Un tomar conciencia que la dinámica de cada cual con-forma el entorno que todos compartimos, que la libertad es, siempre, un espacio a compartir y, por tanto, un elemento para decidir en plaza pública. Además, un tener en cuenta que, aquello que compartimos, hoy esta dinámica ejercida a través de lo económico, nos afecta a todos, nos con-forma en los valores que compartimos, que generamos, que comunicamos…

Un equilibrio de poderes necesario, hoy más que nunca, cuando la balanza reposa, cómodamente, en el poder de lo económico. Un poder que, además, se apuntala por la abstracción y anonimato que ha conseguido alcanzar. Un reapropiarnos de nosotros mismos, un hacer nuestro el caminar en nomadismo.

 

 

 

Bibliografía:

 

  • AA.VV., Michel Foucault, caja de herramientas contra la dominación. Ed. Universidad de Oviedo. Oviedo, 2007.

  • TOURAINE, A. y KHOSROKHAVAR, F., A la búsqueda de sí mismo. Ed. Paidós, Barcelona, 2002.

  • ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco. Ed. Alianza, Madrid, 2001.

  • BAÑERAS, N., La práctica del Cura sui. Una askesis filosófica. Ed. Alfar, Sevilla, 2012.

  • BAUMAN, Z., Mundo consumo. Ed. Paidós, Madrid, 2010.

  • BLUMENBERG, H., Trabajo sobre el mito. Ed. Paidós, Barcelona, 2003

  • EMERSON, R.W., Confianza en uno mismo. Ed. Gadir, Madrid, 2009.

  • FOUCAULT, M.:

    • Tecnologías del yo. Ed. Paidós, Barcelona, 1990.

    • Historia de la sexualidad. Ed. s. XXI, Madrid, 2006.

    • La hermenéutica del sujeto. Ed. Akal, Madrid, 2005.

  • HEIDEGGER, M. Ser y tiempo. Ed. FCE, Madrid, 2001.

  • LÓPEZ PETIT, S., La movilización global, Ed. Traficantes de sueños, Madrid, 2009.

  • NIETZSCHE, F., Así habla Zaratustra. Ed. Alianza, Madrid, 1997.

  • PLATÓN, Diálogos. Ed. Gredos, Madrid, 1981-1999.

  • SCHMID W., En busca de un nuevo arte de vivir. Ed. Pre-textos, Valencia, 2002.

 

 

 

 

 

 

[1] TOURAINE y KHOSRAKHAVAR, A la búsqueda de sí mismo. Ed. Paidós, Barcelona, 2002, p. 107.

 

[2] FOUCAULT, Las palabras y las cosas. Ed. S. XXI, Madrid, 2006.

 

[3] LOPEZ PETIT, S., Entre el ser y el poder. Ed. Traficantes de sueños, Madrid, 2009.

 

[4] HEIDEGGER, M., El ser y el tiempo. Ed. FCE, Madrid, 2001.

 

[5] NIETZSCHE, F., Así habla Zaratustra. Ed. Alianza, Madrid, 1997.

 

[6] BAÑERAS, N., La práctica del Cura sui. Ed. Alfar, Sevilla, 2012, p. 46.

 

[7] Me remito al concepto de Praxis de Marx.

 

[8] Nótese que mantengo la diferencia conceptual clásica entre ética y moral. Mentando, con la primera, el ámbito de estudio o disciplina que tiene como objeto las diferentes morales y, con la segunda, haciendo referencia al conjunto de principios, fundamentos, prescripciones… que conforman un único sistema de valores.

 

[9] BLUMENBERG, H., Trabajo sobre el mito. Ed. Paidós, Barcelona, 2003, p. 13.

 

[10] Por poner un ejemplo, resulta muy difícil escapar del lenguaje ya coloreado por lo económico (Yo hago, pienso, siento, me divierto para… yo invierto para…). El lenguaje muestra la razón instrumental que lo articula.

 

[11] Utilizaremos el término griego para diferenciarlo del término actual: carácter.

 

[12] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco. Ed. Alianza, Madrid, 2001.

 

[13] SCHIMD, W., En busca de un nuevo arte de vivir. Ed. Pre-textos, Valencia, 2002, p. 209.

 

[14] Falsedad vivida como tal porque, de nuevo, se ha asociado la falsedad con la falta de fundamento.

 

[15] El Ángelus Novus, de Paul Klee.

 

[16] FOUCALT M., Historia de la sexualidad. El uso de los placeres. Ed. s. XXI. Madrid, 2009, p. 27.

 

[17] AA.VV., Michel Foucault, caja de herramientas contra la dominación. Ed. Universidad de Oviedo. Oviedo, 2007, p. 108.

 

[18] Ídem. p. 15.

 

[19] PLATÓN, Diálogos. Ed. Gredos, Madrid, 1981-1999.

 

Apuntes para una vida nómada

Nacho Bañeras 

Artículos:

La relación entre neurosis y alienación

Inspiraciones:

Judith Butler

También te puede interesar...

 

Artículos:

Byung-Chul Han