Cura sui o la filosofía salvaje

Nacho Bañeras 

Caracterizamos la filosofía, alejándonos de ella, como aburrida y, efectivamente, en muchos casos lo es. Y los es, especialmente, cuando no está nuestro pathos, nuestro sentir y nuestra pasión. Es aburrida cuando no va en ella nuestra propia vida, cuando no vibra el fino hilo de nuestro sentir o cuando nos olvidamos de nuestro ser acróbatas, es decir, cuando nos olvidamos de la precariedad del sentido que le damos (o no: viviendo rutina tras rutina) a la vida y, por tanto, cuando le damos la espalda a la vulnerabilidad y al escandaloso milagro de nuestro existir.

 

No obstante la vida filosófica es una vida salvaje.

 

Todos, por omisión o, más o menos, conscientemente, pautamos y tenemos una imagen de quienes somos o de qué queremos, construida sobre un magma de ideas, emociones, prejuicios, normativas, etc. que, viniendo desde fuera (familia, sociedad, medios, escuela…), nos conforman (nos dan forma) y que, con nuestra propia experiencia aderezamos, ordenamos y priorizamos[1]. Todos tenemos una vida más o menos pautada, pues sabiendo quiénes somos podemos responder de una manera más segura a los diferentes retos diarios.

 

Una vida salvaje, sin embargo, no tiene asidero.

 

Relacionamos la vida filosófica con un cuestionamiento continuo de la propia vida, PERO esto no es lo más importante (lo que hace de Sócrates un filósofo salvaje, por poner el ejemplo más conocido, no es que sea el tábano que cuestiona el orden de las cosas). Lo radical de la vida filosófica es su trasfondo, su actitud o su manera de estar y vivir.

 

Una vida salvaje no tiene respuestas fijas, respira.

 

Sabedor del silencio en vacío que devuelve la propia pregunta, el filósofo salvaje la repite para que percuta y resuene, no con una posible respuesta, sino para que le devuelva el potencial del mismísimo vacío, recordando, con la repetición, su propia precariedad y vulnerabilidad, lo único que vuelve.

 

Vivir el amor, la amistad, el trabajo, el sí mismo, VIVIR, demanda de un trabajo con el silencio, con la quietud, con la molestia de la alteridad, de lo diferente, de lo incómodo… la pregunta es una de las técnicas para hacer presente nuestro ser en fuga, vacío, etéreo.

 

Respirar este abismo es hacer emerger la Cura sui, la vida salvaje. Una vida salvaje no es el desorden (aquí jugamos aún a ordenar prioridades y buscar seguridades), no implica desesperación (de nuevo estaríamos jugando a buscar un norte), o no es, tampoco, libertad o esclavitud (¿respecto a qué?).

 

 

 

[1] Va aquí la primera pregunta ya que esta formulación nos convierte en meros contenedores y, entonces, ¿quiénes somos o qué hay de nuestra reverenciada libertad?

 

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