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Escuela filosófica de la actitud
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by Lila

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Preparando un taller sobre quiénes somos, me resulta imprescindible retomar la importancia del silencio como aquel fiel espejo que recoge la imagen de cómo somos y vivimos. Aquí va una primera reflexión y, también, pequeño manual de instrucciones.

 

Escuchar el silencio se ha convertido en un privilegio. Silencio.

 

Encontrar el momento para hacerlo, simplemente sentarse y abrir los oídos es ya todo un ejercicio, una práctica para poder saber de uno o de cómo cada cual se boicotea a sí mismo. Son legiones las auto-ordenanzas: tengo mucho por hacer, lo haré después, si me siento no me podré levantar, hoy no me lo merezco, si lo hago soy un vago y, como siempre, no voy a ninguna parte o no seré nadie, menuda locura, debo estar muy mal para necesitarlo… en fin, es un ancho mundo la capacidad de cada cual para mantenerse siempre activo, en alerta, preparado para… y, en general enchufado al oleaje rutinario. Sólo para poder ver algo de nuestro mundo interno ya vale la pena proponérselo. Poder tomar conciencia de lo que nos apretamos, exigimos y ordenamos es totalmente una afrenta. ¿Cómo y quién soy?

 

Sentándonos podemos continuar medrando en nosotros. O bien el cuerpo (lo olvidado) no puede estarse quieto (o no puede estarlo uno) o bien el cuerpo, por fin algo atendido, se apodera y, literalmente, se deshace (o nos deshacemos). ¿Cómo me vivo a través del cuerpo?

 

Acomodados en la postura y abiertos al silencio, aquello que más resuena es la propia cabeza, abrumando. Es, sin duda, un buen momento para hacer las listas de lo que queda por hacer, repasar aquello que me han dicho y no me ha gustado o ver lo sucia que está la casa… también aquí podemos sacar la libreta para ir tomando nota de cómo funcionamos. Podemos, no obstante, continuar adentrándonos en el ejercicio, aquietándonos. Si optamos por continuar, podemos adentrarnos abriendo la conciencia a lo que hay y resuena más allá de nuestra revoltijo interno. ¿Qué hay más allá de mi voz interna?

 

Quizás una buena propuesta, de entrada, sea escuchar cadencias de pequeñas monotonías alternando con el silencio. El mar, la lluvia, el chisporroteo del fuego, el mirlo o aquellos sutiles ruidos, constantes, que uno descubre cuando van acallando las voces internas (la caldera, la nevera, la tv del vecino…).

 

Adentrarse en este mundo, descubrir que el silencio se escabulle y que anda muy agazapado, es un camino cuyo sendero nunca acaba y que promete sorprendentes encuentros y algazaras. Son, estos, momentos de dilaciones y de zambullirse en eternidades.

 

Cuerpo, conciencia, abrir, respirar, quietud, silencio, son algunas de la claves, tan a mano y tan alejadas de nuestro quehacer.

 

Y sí, como dice Pablo d’Ors, el ruido es el verdadero terrorista de nuestro presente.

 

Damos algún consejo para facilitar entrar en el trance, aunque lo mejor es la propia intuición:

 

  • Escoger el lugar: cómodo, reservado…

  • Notar la postura, notarnos.

  • Adentrarse en el cuerpo notando la respiración, simplemente notarla (no hace falta buscar una respiración más profunda) dejando que vaya apareciendo (y por tanto notando) la quietud.

  • Colgar la mirada en el horizonte o en un punto agradable donde sostener la mirada.

  •  

  • Volver al cuerpo.

  •  

  • Escuchar y cuerpo.

 

Es un recorrido sencillo que, con el tiempo y la repetición, se abre en matices permitiendo recorrer las hebras que nosotros mismos lanzamos.

 

.

 

 

Reconocimiento – NoComercial (by-nc): Se permite la generación de obras derivadas siempre que no se haga un uso comercial. Tampoco se puede utilizar la obra original con finalidades comerciales.

El apabullante silencio o cómo escuchar

Nacho Bañeras 

Artículo:

Tengo el secreto

Inspiraciones:

Claudio Naranjo

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