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El asesoramiento filosófico

Nacho Bañeras 

Me gustaría aportar y colaborar con una reflexión que busca vincular la tarea del asesoramiento filosófico con la necesaria función crítica de la filosofía y que vehicula la tarea de ésta con una ontología del presente (a tomarlo como objeto de estudio). Una reflexión que, dado el momento histórico en el que nos situamos, resulta necesaria y que denominaré, posicionándome en el debate actual, Postmodernidad. Es a partir de entonces que se pueden plantear los retos del asesoramiento filosófico si lo que se espera de él es que sea una herramienta válida pero también crítica y útil a su tiempo.

 

Y ¿por qué ésta reflexión? ¿por qué la tarea de relacionar asesoramiento filosófico con Postmodernidad? La respuesta, ya de entrada, es por la voluntad de hacer de este instrumento, de la filosofía práctica, una “tecnología del yo”, esto es, una herramienta capaz de modificar la subjetividad imperante pero teniendo presente la precaución de que ésta no suponga un elemento más de auto-control / auto-disciplina y, por otro lado, que no se convierta en una pseudo-tecnología que, como la Autoayuda, consista en reificar la realidad y promover el Egotismo o la identidad/vida satisfecha. Por otra parte y, quizás, el elemento más importante, porque al reivindicar una subjetividad y un proceso de construcción de ésta no sólo se lucha por algo que parece que nos hayan robado (nuestra capacidad de decisión, nuestra configuración experiencial…) sino porque abre la posibilidad de aunar sentido a subjetividad a través de la relación, reivindicada por gran parte de la fenomenología (especialmente Merleau-Ponty), entre vida–objeto _ sentido-experiencia _ subjetividad.

Sin embargo, si ello quiere ser llevado a la práctica, si quiere ser efectivo, debe ser reivindicada, junto a la práctica filosófica (junto al asesoramiento filosófico), la tradición filosófica occidental y, en concreto, la tradición antigua del “Cura sui”. Veremos al final como, tras el planteamiento de la problemática, se hace verdaderamente necesario su enlace.

 

Caracterizaré, brevemente, la postmodernidad con cuatro elementos: como un capitalismo rampante, como la pérdida de referentes modernos, como el dilema entre: subjetividad, validez y sentido, y como la invalidación de la acción política común.

 

El punto de partida quiere ser el de mostrar la paradoja en la que nos ubicamos. Esto es: por un lado, se observa un desmoronamiento tanto de la figura del sujeto moderno, en concreto de la categoría que había servido como referente y punto de anclaje/fundamento de la ética, la epistemología, la política… como, también, del conjunto de normatividades, referentes y prescripciones que, hasta la fecha, habían sido útiles tanto como brújula y guía en los diversos campos prácticos y teóricos, como para la formación de una cosmovisión social conjunta, cerrada y permanente. Por otro lado, sin embargo, se observa una explosión de prácticas y discursos que buscan potenciar las experiencias subjetivas, que toman al individuo como eje vertebrador a través del cual configurar diferentes estilos de vida, que señalan caminos interiores a recorrer… me refiero no solo a la capacidad de promover felicidad/distracción-de-la-vida-de-uno de la cultura del ocio sino, también, a las promesas y libertades de las que habla la literatura de Autoayuda, al conjunto de disciplinas venidas de otras culturas (chamanismo, yoga, reiki, tantra…), a la explosión de psicoterapias…

 

Ante el declive del sujeto, resulta sorprendente la difusión, cada vez más divergente y a la vez más plástica, de todo éste conjunto de tecnologías que recuperan al sujeto como el centro de su discurso y al que ofrecen una basta gama de caminos para con-formarse.

Y la paradoja se profundiza cuando observamos que todas estas prácticas y discursos que toman al ser humano por objeto y que buscan potenciarlo/salvarlo… se desarrollan y tienen por medio el sistema capitalista cuya finalidad, cuyo leitmotiv, transcurre por sendas muy diferentes sino, acaso, contrarias. La paradoja no puede ser más evidente. El capitalismo (en general el conjunto de relaciones de poder), en la fase en el que lo encontramos, no puede ser definido como un mero sistema económico ya que, como mínimo, ha influenciado en la manera de vivir (la estructura también configura la súper-estructura) o, para ir un poco más lejos, ha construido una única manera de hacerlo. En una primera fase, construyendo un individuo disciplinado, productor (hombre-fábrica), ya alienado pero, en un segundo momento, un individuo ocioso/consumista/aburrido (homo economicus) y ya, quizás, en una tercera fase, en nuestro momento más reciente, un individuo precario/deprimido (ya que no puede gozar de la sociedad de bienestar/satisfecha de la de antaño ni tampoco recurrir a otro modelo).

Pues bien, del conjunto de prácticas y disciplinas que se generan en su seno, muy pocas o acaso ninguna tiene en su acervo el discutir, debatir o criticar, el medio y el sistema en el que vive. ¿Cómo es posible la convivencia entre ambas?¿No incita dicha convivencia a preguntarse por la validez/veracidad de alguna de ellas? ¿No predispone a sospechar que acaso sean medios para sobre-vivir (pasar por encima, de puntillas) pero también como muleta para sobre-llevar una vida precaria?

 

Es por estos motivos, por sus repercusiones, por el desarrollo y estructura que está generando, que el sistema capitalista no puede ser ajeno al objeto de la reflexión filosófica práctica. Y es éste el punto vertebrador de la reflexión, puesto que es el que permite observar cómo se entrecruzan ambas dinámicas que parecen, en un primer momento, conducir a sendas opuestas, promoviendo diferentes tipos de sujetos-ejemplos y sin embargo la dinámica y las relaciones que establecen, el baile que realizan, es de una profunda complicidad.

 

A través de este sistema se ha ido constituyendo un determinado tipo de subjetividad que caracterizaré brevemente como: solitaria, individualista, precaria, egótica, narcisista, sin referentes ideológicos… cuyas repercusiones y resultados forman a un sujeto completamente desorientado que busca encontrar en los anteriores discursos los referentes antaño presentes.

Postmodernidad-individualidad. Cómo se configura el sujeto en nuestro presente.

 

  • Falta de referencias comunes, estables, válidas…

  • Infantilismo-carencia de responsabilidad.

  • Cultura del ocio-consumo.

  • Sociedad masa.

 

La atribución de dichas características tiene, sobre todo, repercusiones y consecuencias que me gustaría destacar. Así, si bien consideramos como una ganancia la libertad que ostenta hoy en día el individuo frente a la inseguridad y desidentificación de antaño, no podemos obviar la soledad a la que se enfrenta a pesar de la variedad y plasticidad de las nuevas tecnologías. Por otra parte, de nuevo, la libertad que permiten la falta de referencias y normas comunes conecta al ser humano con el sin-sentido (puesto que tampoco se le ha educado para hacer frente a tamaña presa de decisiones) y la fragilidad existencial. Fragilidad potenciada por la vulnerabilidad de la que nos sentimos víctimas, expuestos a la precarización de puestos de trabajo, viviendas, lazos afectivos… convirtiéndonos en perfectos incapacitados o perfectos clientes para la Cultura de la Autoayuda siempre presente para una anestesia temporal. La cultura del ocio, la sociedad masa, el infantilismo… sólo permiten, de nuevo, una temporal distracción/evasión (¡¡¡una evasión de nuestras propias vidas!!!) y aún sabiendo que vivimos como sociedad masa, lo colectivo y por ello la acción social y política ha quedado totalmente invalidada puesto que la competitividad que entre nosotros mismos generamos para conseguir un trabajo, una mejor vida… ha imposibilitado dicho camino.

 

El contexto socio-cultural y económico en el que vivimos, con sus normas, medios de comunicación, políticas, educación… promueve aun quizás sin saberlo, sin cuestionarlo, toda una dinámica del sistema y genera una red de sentidos, pautas, normas, referencias y significados que, finalmente, por ser social el hombre, asume éste como parte integrante de una sociedad. Es decir, “proporciona” a las personas que forman parte de dicha sociedad una determinada cosmovisión. Justamente por esta incursión en nuestras cosmovisiones es por lo que hay que poner en tela de juicio todo aquello recibido, más aún si como parece, hay que tomar conciencia que lo que nos han robado – expropiado son nuestras formas de vivir, nuestras vidas.

Por ello considero que el cambio ha de venir de la propia vida, de la propia subjetividad, puesto que, si el sistema capitalista ha generado un individuo perfectamente adaptado a la vida, quiere decir que ha conseguido que a través del auto-gobierno (auto-distracción, consumo, satisfacción) el individuo se convierta en un mero consumidor de prácticas/discursos liberadores, que interiorice sus propias problemáticas y, finalmente, que continúe promoviendo el sistema en el que vive.

 

Y es en éste punto donde me parece pertinente unir ambas reflexiones, esto es, la de un sujeto desorientado pero dirigido a la productividad – consumo - insatisfacción (tanto de su tiempo laboral, como de su ocio…) y la proliferación de aquellas dinámicas que le ofrecen un determinado tipo de discurso que denominaré “Autoayuda”.

 

La popularización -  popularidad de dichos discursos no sólo obliga a sospechar de ellos, sino que sobre todo hace imprescindible una reflexión, primero, sobre si son válidas otras “tecnología del yo” llegadas de otras culturas o tiempos y, también, sobre aquellas propiamente de la cultura occidental, pero, seguidamente, planteando la pregunta si es posible/necesario/pertinente reivindicar “tecnologías del yo” como camino para construir otras subjetividades. O, dicho de otro modo, qué requisitos debe tener una tecnología del yo que pretenda alcanzar verdaderos resultados: cambios no sólo en el individuo sino su correspondiente repercusión social.

 

¿Pueden considerarse las disciplinas milenarias como el Yoga, por ejemplo, como mera Autoayuda?, ¿puede considerarse el creciente auge y demanda de asesoramiento filosófico como un ejemplo más de esta explosión de discursos y prácticas de Autoayuda?

 

Por todo ello creo oportuno mostrar mediante una pequeña reflexión qué tipo de subjetividad/sujeto se forma con ella y, a la vez, qué características pueden desprenderse de aquello que generalmente denominamos Autoayuda.

Definiré Autoayuda como el conjunto de prácticas y discursos que, aunque aparentemente busquen un cambio o transformación del individuo, “ofrecen” a éste, una solución/sucedáneo rápido pero momentáneo a sus frustraciones y malestares. Originando y promoviendo más allá de lo aparente:

  • Reificar la situación. Esto es, no promueven un cambio real, sino que miraré de hacer ver que invierten la dirección del problema. Potencian la interiorizan de la problemática, siendo entonces el individuo, su “interior” el que posee dicho problema y por ello responsabilidad de éste el solucionarlo.

  • Imponiendo la dinámica de lo obvio.

  • Potenciando la dinámica de descubrimiento de uno mismo. Lo que denomino “el espejo de narciso”. Es decir, generalizan, potencian, posibilitan… todos aquellos instrumentos que tengan por finalidad reflejar, buscar, una posible verdad en el interior del individuo y que por el contrario no hacen otra cosa que ofrecer una zanahoria que distrae del verdadero problema.

  • Potenciando la satisfacción presente, la infantilización (la apología de una época dorada y la posibilidad de retornar a ella).

  • Todo camino de transformación/cambio implica un proceso y, en la mayoría de los casos, éstas prácticas ofrecen, por el contrario, sólo un supuesto estado final. Es la reivindicación de este proceso el que llevaremos a cabo más adelante.

 

Hay que añadir que, si bien incido sobre lo que denomino Autoayuda, por su extensión, dejo de hablar de todas aquellas prácticas que se inscriben dentro del mismo sistema capitalista y que se relacionan bien con el mundo de la sanidad (fármacos, terapias…), el mundo del deporte (la salud como objetivo, la fascinación por el cuerpo…), o bien el mundo del ocio (drogas, cultura-basura…).

 

Delimitar este campo puede hacernos más visible la tarea que puede ofrecer el asesoramiento filosófico. Dada su tradición crítica, la práctica filosófica puede ofrecer un camino más áspero y difícil que la Autoayuda, pero también puede ser un camino más auténtico y veraz, ofreciendo herramientas más eficaces para un verdadero cambio que no sólo ofrezca al individuo migajas que le proporcionen una pasajera satisfacción, sino que le permitan obtener una mirada crítica ante su entorno, un posicionamiento propio y autónomo (hacerse cargo de su subjetividad) y la capacidad para hacerlo efectivo. Nunca en la historia el sujeto se había encontrado con tal margen de libertad/responsabilidad a asumir y nunca lo había hecho con la ausencia total de referentes a través de los cuales tener una pauta.

 

Cuál ha de ser el papel del asesoramiento filosófico:

  • Proporcionar al sujeto un conjunto de herramientas que le permitan, no sólo cuestionar su propia configuración subjetiva sino, a la vez, hacer efectivo los cambios necesarios.

  • Descubrir a través de qué caminos ha llegado a conformarse como tal y observar de esta manera que se trata de una configuración contingente y relacionada con vivencias, influencias, interiorización de normas, cosmovisiones…

  • Promover la posibilidad de conformar subjetividades diferentes a través de la posibilidad de diferenciar y profundizar en el estudio de la subjetividad y sus procesos de construcción.

  • Reivindicar el asesoramiento como un proceso. Esto es, la tarea asesora no puede ofrecer sucedáneos rápidos a una realidad compleja, sino que, por el contrario, ha de permitir el tiempo y el espacio suficiente como para:

    • Elaborar un marco conceptual, crítico y real sobre la situación en la que está inserto el cliente.

    • Abrir la posibilidad para que éste descubra, experimente nuevas formas (más responsables, éticas, conscientes) de relacionarse con la realidad, consigo mismo…

    • Proporcionarle las herramientas para que se responsabilice de cada uno de sus actos, tomando conciencia de las consecuencias, de su volición, de sus sentimientos, de su cuerpo, de los Otros, de su entorno…

  • Mostrarle que es posible el cambio. Reforzando aquellos comportamientos a través de los cuales asuma responsabilidades o con aquellos en los que tome conciencia de lo que verdaderamente quiere pero confrontando aquellos que impliquen un despreocuparse o evadirse sobre la vida que uno mismo vive.

  • Concebir la tarea que se realiza en el asesoramiento filosófica como una actitud que debe ser extrapolable al conjunto de la vida del cliente.

  • Asumiendo que es tarea del cliente encaminar la propia vida y que, por ello, deben de excluirse consejos, prescripciones y normativas impuestas.

 

Es ahora entonces el momento de reivindicar las concepción de las prácticas del “Cura Sui” que se llevaban a cabo en la antigüedad y reivindicar el asesoramiento filosófico como una “tecnología del yo”.

Así la cultura del ocuparse de uno mismo que se desarrolló a lo largo de toda la cultura antigua tenía por objetivo promover un cambio, una transformación en el individuo que le permitiera estar preparado para…, le sirviera de…. A la vez, dicho conjunto de ejercicios o prácticas debía promover un cambio de relación con respecto al mundo y a los Otros y, finalmente, una nueva relación con uno mismo.

 

Por todo ello el asesoramiento filosófico tiene como tarea principal la de proporcionar las herramientas necesarias para promover el cuestionamiento de la subjetividad imperante y dejar abierta la puerta para la construcción a través del diálogo (de la construcción de sentido) y de la búsqueda conjunta, nuevas formas de experienciar la vida que permitan al sujeto que la vive ser consciente de ella, apropiarse de ella. Es entonces como el asesoramiento filosófico puede convertirse en una “tecnología del yo”: “procedimientos como los que sin duda existen en todas las civilizaciones, que se proponen o prescriben a los individuos para fijar su identidad, mantenerla o transformarla en función de una serie de fines y ello gracias a relaciones de dominio de sí sobre sí mismo o de conocimiento de sí por sí mismo”.

 

Y, en esta nomenclatura, nótese, finalmente, que se utiliza “tecnologías” cuya referencia quiere hacer resaltar la diferencia entre “techné” y técnica, entre arte y técnica productiva, por lo que se estaría hablando de la práctica filosofíca (si la consideramos una “tecnología del yo”) como un arte, y de “yo” que no busca referirse a una entidad ya dada (a una esencia) sino, por el contrario, a una plasticidad de construcciones, de modos de darse.

 

Finalmente acabo con unas palabras de Wilhelm Schmid: “la ética es una praxis; el éthos, un modo de ser. En este sentido, la ética está ligada a las experiencias que se hacen, al cuidado que realiza el individuo sobre sí, al arte inherente de la conducción de sí. La ética como arte de vivir centra su atención en el éthos del que el propio individuo se dota a sí mismo. Por ética cabe entender, entonces, “la relación con uno mismo” que se lleva a cabo en la acción”

 

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