Vida ajena – Vida propia – Vida salvaje – Vida (parte I)

 

Al empezar un recorrido terapéutico escucho a menudo el comentario de no estar satisfecho con la propia vida: éste no soy yo, no me gusta mi vida, no me siento completo… hay, en definitiva, una parte de esta persona que no se siente ubicada, que se sabe engañada, frustrada, cansada o decepcionada. No sabe cuándo perdió el norte, cuándo dejó de escucharse. Es precioso y tierno poder acompañar en esta pequeña y profunda confesión. De muchos posibles, éste es un punto de partida. Necesario saberse no en el final, sino en el inicio. Creemos ir a terapia en el peor momento de nuestra vida y, es verdad, hay muchísimo sufrimiento… pero, por propia experiencia, muchas veces este es el verdadero inicio de nuestra propia vida.

 

Y es esto lo que marca el camino, el inicio. Diferenciar entre vida ajena y vida propia. Luego vendrá la vida salvaje (que no es vida ajena y tampoco propia).

 

Una vida ajena es otra vida. Vivimos a través de otros, de consignas (la típica es el se feliz). Buscamos trabajo, pareja, hijos, salud. Pero en realidad, siempre hay un poso de insatisfacción, de incompletud, de vacío. Siempre vivimos acompañados por un foso de silencio que, atisbándolo, nos devuelve nuestra insatisfacción, soledad, infelicidad… y que, según lo escuchemos, nos hace bailar entre la euforia o la depresión.

 

El equipaje de otras vidas lo llevamos a cuesta desde la niñez: “eres igual que tu madre”, “en esta casa/familia no somos vagos, trabajamos”, “no confíes en nadie”, “más vale pájaro en mano que mil volando”… son multitud de frases que, repetidas y repetidas, configuran nuestro mundo y a nosotros mismos, apenas sin darnos cuenta. Son frases que nos moldean (nos dan forma y nos limitan) y, si osamos pensar en transgredirlas, aparece la sensación de traición y culpa.

 

El caso es que vivimos una vida que no es nuestra. Van más ejemplos:

 

  • Nos lanzamos hacia delante, haciendo (estudiando, deporte, relaciones, viaje), creyendo que en el mañana (cuando consiga, tenga, sea…) podré ser feliz (término vago pero que esconde el poder estar satisfecho de uno mismo).

  • Nos pasamos la vida manipulando cosas y personas para que nos complazcan.

  • Queremos seguridad y lo que hacemos es estancar la vida.

  • Escogemos lo que nos gusta y repudiamos lo que no (vivimos, entonces, zarandeados por la vida) y buscando criterios para escoger.

  • Al enamorarnos (románticamente) sobrecargamos al otro con nuestras expectativas.

  • Nos definimos por contraste, separación y división, alejándonos en una burbuja.

  • Reflexionamos para encontrar un motivo que justifique nuestras acciones. Pensamos mucho la vida y la vivimos poco.

 

Una vida ajena al ser preguntada cómo está, responde: bien, mal, normal. Vive en tres tonalidades.

 

Las sensaciones, por poner también algunos ejemplos:

           

  • La vida se me va de las manos y no he hecho nada. Veo pasar la vida.

  • Me siento muerto, cansado, sin fuerzas, encadenando rutinas.

  • No me siento orgulloso de mí, esto no es lo que esperaba de la vida.

  • Veo a los otros tan felices…

  • Soy como un barco, o bien navego por encima de las olas, o bien me hundo.

 

Una vida ajena bascula entre el ser máquina (en el trabajo, en el sexo o el amor, en la familia) y el desconectar. El máximo piropo es ser una máquina y, el reverso, es querer desconectar de uno mismo y de todos. Con desconectar buscamos lo que la palabra indica, olvidarnos de nosotros mismos. O nos utilizamos con el ser máquinas o nos ahogamos voluntariamente en las aguas de Leteo: existen a borbotones los medios para hacerlo (¿por qué será?).

 

Y, en definitiva, allí va la vida, tan lejos, tan inalcanzable. Y aquí, nosotros, buscando incansablemente la fuente que, por fin, nos dará la felicidad.

 

Una vida ajena es una vida que no es la nuestra y que, sin embargo, vivimos.

 

 

 

Vida ajena – Vida propia – Vida salvaje – Vida (parte II)

 

¿Qué es una vida propia?

 

Una vida es propia cuando puedo decir que aquello que vivo es lo que quiero, asumiendo sus luces y sombras, descartando los cielos eternos y las rutinas infernales.

 

Recordando estos días a Galeno, una vida propia deviene cuando aunamos el pensar y el sentir (el sentirpensando del pescador colombiano).

 

¿Cómo se llega a la vida propia partiendo, como decíamos antes, de una vida que siempre es ajena?

 

El camino está en la integración.

 

Todos partimos de una vida ajena, en la medida que somos educados a partir de la cosmovisión de nuestro padres que expresa, en pequeña escala, la de toda una época. En un primer momento, no somos capaces de sopesar, valorar y contraponer con nuestra experiencia todo ese conjunto de imputs (en nuestra familia aguantamos el dolor, no me defraudes, hay que sudar para poder llegar a ser), y es por ello que vivimos polarizados entre lo que nos dice una parte de nosotros y lo que nos dicta la otra. No quiero poner nombres a estas partes ya que, con el anonimato, cada cual puede ponerles su nombre, sin embargo son partes que viven, hacia dentro, a contrapelo, polarizadas y en encarnizada lucha. Una parte expresa un deseo interno, no satisfecho, que pulsa por poder expresarse, mientras que la otra, sopesa y valora su adecuación según los parámetros aprendidos.

 

A menudo, por miedo, por comodidad o por mera inconsciencia, seguimos los dictados de aquella parte nuestra que, creemos, es más precavida y moderada. Nos mantenemos dentro de una esfera de rutinas, pensamientos, relaciones etc., que no conflictuan con los parámetros aprendidos, aunque ello nos devuelve el aburrimiento, la resignación y la sensación de vivir una vida que nos es nuestra. Es así, la vida que vivimos es la de todos aquellos que nos fueron marcando con sus, a su vez, propias o ajenas, cosmovisiones.

 

Dar voz a aquella otra parte que sabemos que pulsa, que hace tiempo quiere expresarse, que respira en cada deseo censurado, es empezar a contrarrestar una polaridad normalmente dominada por la primera. En este trabajo de equilibrar, aquello deglutido como normal, las cosmovisiones ajenas (eres malo si, no te acerques a x porque sino y, etc.) y los miedos con los que van aparejadas (al ostracismo social, a quedarse solo, a no triunfar…), son sopesados, valorados, confrontados con la experiencia y, muy especialmente, sentidos. Son, efectivamente, sentidos desde el corazón y desde lo corporal a través de tensiones, contracturas, puños en el estómago, cargas en la espalda, tristeza y una incontable milicia de celadores de lo normal.

 

Es un regalo poder observar cómo la persona va descubriendo, dentro de su propio corazón-cuerpo, una vida apresada por miedos y amenazas que empieza a querer ser escuchada, con sus propios valores y amores. No se me ocurre otra cosa que compararlo con el proceso de metamorfosis de una oruga.

 

Una vida propia empieza aquí, cuando la persona puede poner al mismo nivel aquello que pulsa dentro de sí, con aquello aprendido y heredado. Es una disputa, sin duda al inicio, puesto que son muchos temas los pendientes, puesto que ha sido una relación vertical. Es una relación de confrontación, de vidas paralelas y, no obstante, empieza ya una relación diferente en el que cada parte y polaridad, cada cual a su tiempo, podrá ir equilibrando sus sentires, valores, pensares y vivires.

 

Precioso el proceso de maduración. La persona es un fruto llegado de un más allá, con las formas de vida de ese más allá, y cae en una tierra que es la de acá. Germinar es romper la cáscara de ese fruto (confrontar las normas del allá), es un proceso duro, difícil, doloroso (hablamos de romper). Hay frutos que no maduran y prefieren mantenerse en el cascarón, otros sacan la cabeza y hay algunos, que adentran raíces duramente mucho tiempo para florecer como ninguno.

 

 

Vida ajena – Vida propia – Vida salvaje – Vida (parte III)

 

Una vida enajenada, una vida que no es nuestra, es la crisálida que permite una vida más encarnada, más propia. Con ello, recordando las últimas entradas, queríamos señalar aquella vida que aúna el sentir y el pensar y que aparece al poner sobre la mesa, al regurgitar, los prejuicios con los que nos hemos con-formado. Tomando conciencia de ellos, somos capaces, entonces, de hacer el giro que permite la responsabilidad. Apropiarnos de unos, descartar y confrontar otros y, en definitiva, ampliar el espacio de decisión y, de fondo, dilatar también los parámetros sobre los que hacerlo.

 

La conciencia de ser esclavos es sólo el primer paso y, por ello, el más doloroso. La responsabilidad, el movimiento por el que nos apropiamos de una forma de conducirnos, una actitud, es el siguiente ¿qué hacemos de nuestro ser-otro?

 

Sin embargo y sin dejar de reivindicar ambos pasos, ¿nos podemos apropiar de una vida que nos viene dada y que se nos va? ¿Hay una vida que sea propia? ¿Hasta qué grado podemos decidir? ¿Depende todo de nosotros, de nuestra decisión o de nuestra actitud?

 

Una vida propia es la polaridad de una vida ajena, es una parte del camino y, no obstante, no es el final. La vida, aquí está el hilo del que estirar, tiene siempre la última palabra.

 

Vivir una vida propia o ajena es pivotar el ámbito de decisión sobre algo que creemos ser nosotros. En la primera, nos ideamos más emancipados, maduros e independientes, en la segunda, dependemos de nuestros pre-juicios, de la opinión de los demás, etc. En ambos casos, hay una idea de quiénes somos, de lo que queremos, un dibujo de la moral. En definitiva, radica, en nosotros, un ámbito desde el que podemos decir que somos y somos algo diferente a todo y a todos.

 

Es este el tiempo para los narcisos. Una vida que se sabe apropiada, que decide y lo hace creyéndose independiente, a través de un criterio maduro o tras haber sopesado infinidad de variantes, una vida que se acerca a Edipo Rey o a Prometeo, aún no ha tomado conciencia de su nimiedad, de su ser polvo.

 

Si pudiéramos llegar a la atalaya de una vida constantemente orquestada, organizada y decidida por nuestro pequeño yo, fácilmente podemos intuir que nos convertiríamos en pequeños tiranos. Los griegos acertaban al decir que la soberbia es terreno abonado para la aparición de la tiranía. ¡Ay de nuestros tiempos!

 

Y, no obstante, cerca de nosotros, denostada y evitada, aparece la bendita frustración. Frustración, de origen latino (frustratio), viene a traducirse como la acción de equivocarse o llevar al error.


Combinando frustración con vida propia empieza a aparecer la vida salvaje.

 

Para una vida que cree tenerlo todo bajo control, madura e independiente, la frustración es el camino que le permite darse cuenta de su interdependencia (ni independiente, ni dependiente), de su vulnerabilidad y, finalmente, de su limitación. La frustración es el jaque a nuestro ideal y, confrontándonos a nuestro propio error, nos abre la vía para un vivir más ancho puesto que, principalmente, nos descarga de nosotros mismos (léase de nuestro ego).

 

¿Qué es entonces una vida salvaje?

 

El terreno de una vida salvaje es el de la ambigüedad, el silencio o la ingenuidad-ignorancia (en el buen sentido de ambas palabras). Ingenuo es aquel que reside cerca de la génesis, del origen, también, aquel nacido libre.

 

Una vida salvaje ya no vive a través de una moral propia (que sería un contrapunto a la moral ajena) sino que vive apelando al momento (y esto no quiere decir el fácil hedonismo que muchos presuponemos). Apelar al momento es abrirse a las oscilaciones, al dolor o la alegría, a no tener las cosas claras, a estar expuesto.

 

Abrirse demanda poner los cinco sentidos, el corazón y la cabeza, estar presente y disponible (etimológicamente: ponerse en el lugar adecuado).

 

Oscilar, por último, es el movimiento de la vida, andando a través de la transformación constante, no anclada a ninguna atalaya (ego).

 

Una vida salvaje empieza a saberse sin sujeto, a vislumbrar una vida que deviene, sujeta a sus propias leyes. Aparece la sensación de vivir tras el escenario, en los camerinos, donde la vida va fluyendo, a través de un cauce innombrable, inconmensurable.

 

 

Vida ajena – Vida propia – Vida salvaje – Vida (parte IV)

 

Llegamos a la última parte de una trayectoria hecha en cuatro estaciones. En ésta última, aparece o se desvela la Vida y, para que ello sea posible, para que la Vida se muestre, nosotros debemos callar.

 

Decía Khalil Gibran: Sólo vivimos para descubrir la belleza. Todo lo demás es una forma de espera.

 

Si desandamos lo dicho[1] para hilar cabos, a una vida sujetada y ajena se le opone, como polaridad, una vida propia. Tensan ambas el espacio de la vida, delimitando la forma de serpentearla. Tensan entre el deber y el querer, en pos, o bien del sabernos queridos y aceptados por los otros (en este deber que es siempre tan cumplidor), o bien en pos de la posibilidad de sernos fieles a nosotros mismos, de poder realizar nuestros anhelos. Son, aunque opuestas, vidas pivotando sobre ideales, ajenos o propios y, no obstante, ese balancear en afrenta no es inocuo y va cincelando, despacio, esa otra vida, la vida salvaje, que caracterizábamos como aquella vida cercana al origen, es decir, abierta a lo incierto, a lo ambiguo. Una vida que ha tomado conciencia que, en el pivotar entre lo ajeno y lo propio, se desliza lo incontrolable, lo impensado, lo desconocido, etc.

 

Una vida salvaje apela al momento (y esto no quiere decir el fácil hedonismo que muchos presuponemos). Apelar al momento es abrirse a las oscilaciones, al dolor o la alegría, a no tener las cosas claras, a estar expuesto. Este centrarse en el momento implica varias cosas, muchas veces no del todo señaladas:

 

  • Dar importancia al momento es vernos no como estructuras con respuestas  o comportamientos fijos, sino dependientes del contexto.

  • Sabernos dependientes quiere decir que esa vida salvaje no es una vida prepotente que surca por encima de todos y de todo, sino que se sabe vulnerable y abierta a la interdependencia.

  • Contextualizar demanda un preguntarse no únicamente intelectual, sino que abre la puerta a lo corporal, lo emocional, lo social y lo espiritual, que no siempre tienen una respuesta adecuada para la vida ajena o propia.

 

Verse surcado por líneas de existencia, que nada tienen que ver con esa voluntad individual (que desde la vida ajena o propia creemos omnipotente), es empezar a contactar con la Alteridad.

 

Callar, el gesto que indicábamos al inicio, es un acto que implica dar paso. En nuestro caso, cuando nos sabemos cincelados por la Alteridad, es el acto simbólico de abrirse a la escucha. Ésta es la ceremonia simbólica a través de la cual podemos ligarnos con la Vida.

 

Escuchar no es sólo poner atención y oída, sino, principalmente, un vaciar. Para escuchar uno debe regurgitarse entero, debe pulirse y pulirse cual piedra, drenando todo aquello sobre lo que cree asentarse. Pulir, regurgitar o drenar es ese acto de ir vaciando el cuenco de lo que somos.

 

Decía un monje zen a un discípulo avispado que, si quería aprender, debía antes desaprender. Para llenar una taza de té antes debe estar vacía. En el pensar filosófico, en la Cura Sui, el preguntar radical se dirige hacia uno mismo y desfunda lo dado para invocar al silencio y, con Él, revelar el vacío abismal que recorre, planea y estructura nuestro devenir.

 

La Vida es este silencio en vacío que se abre cuando acallas una pregunta que percute en el interior. El Preguntar es el primer paso…

 

 

·

 

 

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Vida ajena - Vida propia - Vida salvaje - Vida.

Nacho Bañeras 

Mesa redonda:

La Terapia filosófica.

Inspiraciones:

Albert Rams

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