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by Lila

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Nociones sobre vulnerabilidad

28/01/2015

 

La vulnerabilidad es una noción que, desde hace ya unos años, está en boga y lo está como una forma para caracterizar lo humano.

 

Tal y como decíamos en el artículo anterior: La falta de cuidado: estigma de nuestro tiempo, recordamos que nacemos en completa indefensión, completamente desnudos frente a la existencia. A pesar de todas las pieles con las que nos recubrimos para nivelar esta precariedad, gracias al ingenio, continuamos morando en una franja precaria que compartimos con todo aquello que está vivo. Es, entonces, consustancial a la vida, ser-vulnerable.

 

 

 

La RAE define la vulnerabilidad como el poder ser dañado / herido por un acontecimiento.

 

 

 

Creo que es una definición que queda corta al verdadero alcance de la palabra. Efectivamente, ser vulnerable es la posibilidad de ser dañado y recoge, con ello, la disposición del ser para ser maltrecho. El ser vivo es un ser frágil, cuyo equilibrio vital es más bien un milagro que una normalidad.

 

 

 

No obstante, en el ser humano, este poder ser dañado tiene un mayor alcance, puesto que no sólo se ciñe al ámbito de lo físico. Además de ser vulnerable a la enfermedad, la muerte, la agresión, la tortura, etc. el ser humano es vulnerable en su dimensión existencial, social e íntima.

 

 

 

Somos vulnerables en nuestra dimensión íntima porque requerimos de cuidados para nuestro desarrollo.

 

Ternura, amor, cura, dedicación, calor, son atenciones que todo ser humano requiere y lo requiere, no sólo para su mero desarrollo físico, sino para alcanzar el pleno desarrollo maduro, psíquico y afectivo.

 

Somos gracias al Otro, como diría Emmanuel Levinas.

 

 

 

Nuestro ser gracias al Otro, que nos convierte en seres sociales, también nos hace vulnerables en este ámbito. Queremos formar parte de nuestra comunidad, ocupar nuestro espacio. Ser parte del entramado de una familia, una comunidad, pueblo o ciudad, que acoge y dota de sentido a gran parte de nuestra vida. En nuestro presente, cuando priman las relaciones anónimas, las relaciones a distancia y las relaciones competitivas y de poder, es más evidente que nunca la soledad y precariedad de nuestra existencia.

 

 

 

 

 

Somos, también, vulnerables a la dimensión existencial. Como diría Heidegger, en nuestro arrojo a la vida, estamos abocados a afrontar la pregunta por el sentido de la vida que nos devuelve, a menudo y especialmente cuando carece lo común, su pleno absurdo. Para Ricoeur, la vulnerabilidad consiste en cierta no-coincidencia del hombre consigo mismo. El ser humano se sitúa entre lo finito y lo infinito y esta desproporción lo constituye como estructuralmente frágil.

 

 

 

Por último, porque somos una sociedad abiertamente psicopática y falocentrista (donde el tema del poder y la fuerza son temas prioritarios) hay que precisar que, vulnerabilidad o fragilidad, no quiere decir debilidad. Digámoslo abiertamente: no hay mayor debilidad que no aceptar nuestras propias limitaciones, frustraciones, etc. No somos dioses.

 

Ser finitos, limitados y precarios nos recuerda la necesidad de nuestros lazos (entre nosotros y con lo que nos envuelve). Nuestra constitución para la relación, el lenguaje, el tacto, el amor, la cura…

 

 

 

Ser finitos nos recuerda que hemos heredado una vida, un bien temporal, cálido, precario y único.

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