Cura sui
Escuela filosófica de la actitud
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by Lila

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Retiro filosófico Cura sui

14/03/2017

 

¿Cuándo dedicaste un tiempo a mirarte de manera radical?

 

 

A mediados de abril del 2016 dedicamos un fin de semana a realizar un retiro filosófico integrado en la Formación de Cura sui – Filosofía Aplicada, abierto, también, a todo aquel que tuviera alguna inquietud filosófica.

Quisimos dedicar un tiempo a ahondar en la llamada actitud filosófica, es decir, a profundizar en aquella manera de estar que permite dirigir una mirada interrogativa hacia nuestra interioridad o cosmovisión, allanando el ejercicio de autoconocimiento.

Justamente, un retiro filosófico implica realizar un gesto de recogimiento y aislamiento que se articula con todo el cuerpo y que, principalmente, busca invocar la experiencia filosófica del darme cuenta a través de la actitud. Un darme cuenta de quién soy desde lo experiencial, a saber, no un preguntarme teórico sobre quién soy, sino un verme a través del cómo soy, entendiendo que: cómo me relaciono, cómo veo el mundo, qué hago o dejo de hacer, por poner algunos ejemplos, reflejan determinada manera de comportarme y, más profundamente, una constelación de creencias que apuntalan mi mundo o cosmovisión.

Todo retiro, efectivamente, empieza con el acto físico de abandonar lo conocido. Este dejar de lado el mundo (de dispersión, conexión perpetua, saturación, prisas y anonadamiento), permite orientar la mirada hacia lo propio y abrir o continuar el trabajo de autoconocimiento. De la misma manera que los estoicos demandaban hacer el conocido ejercicio de suspensión de juicios (epojé) para poder adentrarse de una manera más radical en el acto del conocimiento, un retiro demanda, primeramente, un gesto de desligarse de lo cotidiano, recogerse y entrar en determinada actitud. Por ello, el viaje físico es sólo el primer paso, una primera ascética.

Focalizar la mirada hacia uno, desde lo filosófico, implica un compromiso con la verdad, que se concreta en el coraje de poder decir sobre nosotros a través del ejercicio del desvelar, recuperando el verdadero significado de kátharsis, entendido como purificar o desnudar el alma. Empieza aquí otro viaje (el segundo), propiamente, la experiencia filosófica. Centrada la mirada en lo propio, el tempo del retiro permite ir desfondando aquellas láminas de nosotros mismos que, con lo cotidiano, amagamos. Lo permite gracias a las ascéticas, es decir, al conjunto de ejercicios explícitos o no que lo orquestan. El silencio, la convivencia, la comida, lo corporal, la naturaleza y, otra vez, el silencio. Estas ascéticas facilitan dilatar el espacio con nosotros mismos (o esa parte que creemos ser), tomar distancia y empezar a deslindar lo verdadero de lo falso en uno mismo. ¿Cuántos de nosotros percibimos aquella sensación que, popularmente, denominamos con un no estar conectados? Aunque dicha muchas veces de manera banal, esconde una intuición que se acerca a la definición de alienación como un estar separados de nosotros mismos. Desvelar conlleva acortar esa distancia.

Este focalizar la mirada hacia uno mismo también permite un tiempo de introspección para poder dar espacio a aquellas preguntas que cada cual tiene por responder, es decir, aquellas formulaciones que, desviadas por las prisas, el miedo o la ignorancia, soslayamos: tiene sentido lo que hago, soy feliz, qué quiero, etc. El abandono del mundo permite intensificar la mirada y la presencia en lo propio, percutiendo el preguntar con mayor intensidad.

Quisimos esta vez, además, que fuera Nietzsche nuestra inspiración y, concretamente, un fragmento de Así habló Zaratustra. A través de ir penetrando en un contacto más profundo y menos supeditado a lo que creemos conocer, realizamos un tercer viaje, una odisea a través de las diferentes capas con las que nos relacionamos y creemos ser (p.ej. el esforzado, el inteligente, el ayudador, el controlador, el miedoso, el alegre, etc.), que nos permitió la metáfora del camello, el león y el niño. El primero es la metáfora de aquella parte nuestra que carga el conjunto de obligaciones, convenciones, rutinas o creencias que apagan nuestro querer, nuestro león. Éste, polarizado respecto al camello, es la expresión de la vida en su máxima intensidad. Represión-expresión podrían ser otras formas de expresar lo mismo y, una vez atravesadas, conociéndonos en ambos polos, es cuando puede aparecer el experimentar de un niño, precisamente, la expresión más afinada de una actitud filosófica caracterizada por un mirar desde el asombro o el no saber.

Concluyendo, comprometer la propia existencia con la verdad, desvelando, permite agrietar el velo de la doxa, facilitando la emergencia de la conversión filosófica. Ésta última no consiste en cambiar, sino en contactar con un estar (frente al ser o tener) que, con el dar cuenta: de los miedos, limitaciones, ambiciones, etc., desarticula el conjunto de estrategias (prejuicios, poses, lemas) con las que no vivimos y permite ahondar en un estar verdaderamente filosófico y en un vivir radical (más consonante con lo que el compromiso va des-cubriendo).

Queda ahora trasponer la actitud de un fin de semana a una vida entera y finita. El viaje continúa.

 

Este año 2017 volvemos con un retiro dedicado al cuerpo y a Spinoza para adentrarnos en la relajación profunda. ¡Te esperamos!

 

Si quieres recibir el programa de este año, haz click aquí.

 

 

 

 

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