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by Lila

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Cuencos vacíos

25/09/2018

 

Buscamos a menudo saber quiénes somos. Tenemos la esperanza de que la respuesta nos permita resolver las dudas sobre nuestra vida: escoger el trabajo, concretar un sentido vital o planificar el futuro.

 

Tener una idea de nosotros nos ofrece un aparente bálsamo. Nos facilita poder desplegar un mapa de coordenadas respecto lo que nos gusta o disgusta, ondear alguna ideología, tener claro para qué servimos y para qué no y podernos contrastar con aquello que seguro no somos nosotros (p.ej: yo nunca haría...; a mí seguro no me gusta...; etc.).

 

Si, a veces, cumplimos la idea que tenemos de nosotros mismos podemos sentirnos orgullos o, en menor grado, a gusto con nosotros, satisfechos. Claro que esta lógica implica, a contrapelo, que estemos insatisfechos en aquellos otros momentos donde esta idea no se materialice. 

 

Es un aparente bálsamo porque, efectivamente, nos trasmite cierta seguridad indispensable para transitar por la vida y una visión más o menos lineal de nosotros mismos (por más que la historia y narración existencial la vayamos modulando a lo largo de nuestra vida).

 

Sin embargo, enfrentarnos a la pregunta del quién soy es ubicarnos frente al trabajo de autoconocimiento y hacerlo de manera honesta no nos deja indiferentes.

 

Según Max Stirner (1806-1856), para ser honesto conmigo mismo tengo que deshacerme de todo lo que no sea realmente yo (que es casi todo). De esta manera llego a "poseerme" a mí mismo y solo a mí mismo.

 

Cuando hago esto y me convierto automáticamente en mí mismo, me doy cuenta de que en realidad no encajo en ninguna concepción general de la especie humana.1

 

Cuando respondo a la pregunta me doy cuenta que ninguna respuesta encaja de manera total, ninguna me toca de manera íntima.

 

La respuesta es imposible. Imposible por la senda que habitualmente recorro. Imposible por la idea que tengo de mí. Imposible por querer responderla desde lo mental o a través del lenguaje.

 

Para responderla debo adentrarme por el trabajo que propone e ir descubriendo que no soy algún contenido, característica o hábito.

 

Debo, entonces, encaminarme por la senda de la experiencia, del vaciamiento interno, de la ruptura con creencias profundamente arraigadas e ir encontrando que, paradójicamente, sí hay una instancia con la que me ubico pero que no dice nada de mí mismo, que no me ofrece ninguna característica.

 

Esta instancia me permite canjear la seguridad por la libertad y es, a la vez, un lugar en el que cobijarme, un espacio en el que todo encaja, puesto que a todo le da espacio.

 

Este espacio o instancia no es otro que la conciencia, un lugar al que sólo puede ir o en el que sólo me puedo mantener estando

 

Es (soy), metafóricamente, un cuenco vacío. Acogiendo todo lo que viene, sin buscar ni rechazar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Apuntes recogidos del libro Saliendo de la caverna de Platón de Ran Lahav.

 

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