Pitágoras de Samos vivió en el siglo VI a. C. y es una de las figuras más fascinantes y enigmáticas de los orígenes de la filosofía griega. Tras abandonar su isla natal se estableció en Crotona, en el sur de Italia, donde fundó una comunidad de discípulos que compartían bienes, estudios y un modo de vida regido por normas estrictas. No dejó nada escrito, y lo que sabemos de él procede de testimonios posteriores, en los que la historia se mezcla con la leyenda.

A Pitágoras y a sus seguidores se atribuye la idea de que el número es el principio de todas las cosas y de que el cosmos es un orden armonioso, expresable mediante proporciones matemáticas, como las que rigen los intervalos musicales. De ahí la importancia que dieron a la música, la aritmética, la geometría y la astronomía. La escuela pitagórica defendía además la inmortalidad y la transmigración del alma, y entendía el conocimiento como un camino de purificación que exigía disciplina, silencio, examen de conciencia y una alimentación sobria, probablemente vegetariana.

Pitágoras es uno de los primeros ejemplos de la filosofía como forma de vida: para él, conocer el orden del mundo y transformarse a uno mismo eran una misma tarea, compartida en comunidad. Esa unión entre saber, práctica espiritual y vida en común conecta con nuestra manera de entender la filosofía. Para acercarse a su legado recomendamos la Vida pitagórica de Jámblico o los Versos de oro atribuidos a su escuela.

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