Heráclito lo intuyó en Grecia, y el Buda lo enseñó en la India por la misma época: nada permanece. La impermanencia (anicca) es una de las tres marcas de la existencia que, según el budismo, caracterizan todo lo que existe. Las otras dos son dukkha, la insatisfacción o el sufrimiento, y anatta, la ausencia de un yo fijo y separado.
Las tres están conectadas. Sufrimos porque nos aferramos a lo que cambia: la juventud, las personas queridas, los momentos felices, la imagen que tenemos de nosotros mismos. Queremos que las cosas se queden quietas, y no lo hacen.
El monje vietnamita Thich Nhat Hanh, en El corazón de las enseñanzas de Buda, recuerda que la impermanencia no es solo motivo de tristeza. Gracias a ella, la semilla puede convertirse en árbol, el niño en adulto, el dolor en comprensión. Si nada cambiara, tampoco nada podría sanar.
La tradición budista va más allá y habla de vacuidad: nada existe por sí solo, todo está hecho de relaciones y condiciones. Una flor está hecha de sol, lluvia, tierra y tiempo. Mirar así las cosas no las vacía de valor; las vuelve más preciosas, porque sabemos que no durarán.
Hoy, cuando algo te duela, prueba a recordarlo: esto también es impermanente. Y cuando algo te alegre, recuérdalo también, no para entristecerte, sino para saborearlo del todo.