Todos conocemos a alguien que no ve lo que es evidente para los demás: el amigo que no reconoce que su relación le hace daño, la compañera que atribuye siempre sus fracasos a los otros. Y, si somos honestos, también nos reconocemos a nosotros mismos haciendo cosas parecidas. No es exactamente mentir. Es algo más sutil: la mente se protege de lo que le resulta insoportable.
El psicoanálisis llamó a estas estrategias mecanismos de defensa. Sigmund Freud los intuyó a lo largo de su obra, pero fue su hija, Anna Freud, quien los sistematizó en un libro fundamental: El yo y los mecanismos de defensa (1936). Su idea central es que el yo, presionado por deseos, normas y exigencias de la realidad, desarrolla maniobras inconscientes para reducir la angustia.
Algunos mecanismos frecuentes
La represión es, para Freud, el mecanismo básico: consiste en expulsar de la conciencia un deseo, un recuerdo o un pensamiento que resulta amenazante. Lo reprimido no desaparece; sigue actuando desde el inconsciente y retorna en forma de síntomas, sueños o lapsus.
La negación es aún más directa: se trata de no reconocer una realidad externa dolorosa. «No es tan grave», «a mí no me va a pasar». Es frecuente, por ejemplo, ante un diagnóstico médico o una pérdida reciente.
La racionalización consiste en dar explicaciones aparentemente lógicas a conductas cuyos motivos reales preferimos no ver. «No me presenté a la entrevista porque en realidad ese trabajo no me convenía». Es el mecanismo favorito de las personas inteligentes, porque se disfraza de reflexión.
Defensas que ayudan
No todos los mecanismos de defensa son dañinos. Anna Freud y los psicoanalistas posteriores distinguieron entre defensas más primitivas y otras más maduras. Entre estas últimas destaca la sublimación: la transformación de un impulso que no puede expresarse directamente en una actividad valorada, como el arte, el deporte o el trabajo intelectual. La agresividad que se convierte en competición deportiva, o el deseo que se transforma en creación, son ejemplos clásicos.
En realidad, los mecanismos de defensa no son un defecto: son necesarios. Sin ellos, la vida psíquica sería insoportable. El problema aparece cuando se vuelven rígidos y nos impiden ver la realidad y responder a ella.
Mirar donde no miramos
¿Cómo reconocer nuestras propias defensas, si por definición son inconscientes? No es fácil, pero hay algunas pistas: las reacciones desproporcionadas, las justificaciones demasiado elaboradas, los temas de los que nunca hablamos, las críticas que nos molestan mucho más de lo que deberían.
La terapia, el diálogo honesto con alguien de confianza o la escritura personal pueden ayudarnos a mirar donde solemos no mirar. No se trata de derribar todas nuestras defensas, sino de hacerlas un poco más flexibles. De poder decir, en algún momento: «Quizá esto que me cuento no es toda la verdad».