Cuando alguien nos invita a cenar, sentimos casi de inmediato el impulso de devolver la invitación. Cuando recibimos un regalo, algo en nosotros queda en deuda. No es una obligación legal ni un cálculo económico, pero lo sentimos con fuerza. ¿De dónde viene ese impulso?
En 1925, el antropólogo francés Marcel Mauss publicó un texto que se convertiría en un clásico: Ensayo sobre el don. Estudiando sociedades de Polinesia, Melanesia y el noroeste de América, descubrió que en ellas los intercambios no se regían por la compraventa, sino por un sistema de dones y contradones basado en tres obligaciones: dar, recibir y devolver.
Lo que circula con el regalo
Lo que Mauss comprendió es que el don no es un simple traspaso de objetos. Con cada regalo circula algo de quien lo da, y se crea un vínculo. Por eso rechazar un regalo es una ofensa, y no devolverlo, una ruptura. El don genera una deuda que no se salda nunca del todo, y esa deuda es precisamente lo que mantiene unida a la comunidad.
El mercado funciona de otra manera: pago y quedo libre. Esa libertad tiene ventajas, pero también un coste. En sociedades donde casi todo se compra y se vende, el individualismo se refuerza y los vínculos se vuelven opcionales. Ya no debemos nada a nadie… y nadie nos debe nada a nosotros.
Ser humano es ser con otros
Muy lejos de los pueblos que estudió Mauss, la tradición confuciana había situado la reciprocidad en el centro de la ética. En las Analectas, Confucio habla de ren, una palabra que se traduce como «humanidad» o «benevolencia» y cuyo carácter chino combina los signos de «persona» y «dos». Ser humano, para Confucio, es siempre ser-con-otro.
La compasión y la gratitud nacen de ese reconocimiento: no nos hemos hecho a nosotros mismos. Todo lo que somos lo hemos recibido de otros —la lengua, el cuidado, el conocimiento— antes de poder devolver nada.
Quizá por eso los pequeños gestos de reciprocidad —compartir una comida, echar una mano sin llevar la cuenta, agradecer— sean formas discretas de resistencia en un mundo que tiende a reducirlo todo a transacción. Cada vez que damos sin esperar un pago inmediato, tejemos un poco de lo común.