En El crepúsculo de los ídolos, Friedrich Nietzsche señala las tres tareas para las que necesitamos educadores: aprender a mirar, aprender a pensar y aprender a hablar y escribir. La primera no consiste en ver más cosas ni más deprisa, sino en educar el ojo para la calma y la paciencia.
Byung-Chul Han recupera esta «pedagogía del mirar» en La sociedad del cansancio como antídoto contra el agotamiento. Aprender a mirar significa no reaccionar de inmediato a cada estímulo, poner distancia entre lo que nos llega y lo que hacemos con ello. Y eso, dice Han, es la base de toda espiritualidad.
La potencia de no hacer
Solemos creer que cuanto más activos somos, más libres somos. Han invierte la ecuación: quien no puede dejar de hacer no es libre, sino esclavo de los impulsos que recibe. La hiperactividad es, en realidad, una forma extrema de pasividad, una hiperpasividad en la que ya no controlamos nuestras reacciones y nos limitamos a seguir la inercia de los estímulos.
Frente a la potencia positiva —la capacidad de hacer algo—, Han reivindica la potencia negativa: la capacidad de no hacer, de decir no. No es impotencia, sino soberanía. Sin ella, el pensamiento se dispersa en una sucesión infinita de objetos sin profundidad. Un ordenador calcula mucho más deprisa que nosotros, pero es «tonto» en un sentido preciso: no puede vacilar. La creatividad humana necesita la pausa, el intervalo, el titubeo.
El caso Bartleby
La figura literaria que suele invocarse al hablar de la potencia de no hacer es Bartleby, el escribiente del relato de Herman Melville, que a cada encargo de su jefe responde con una fórmula desconcertante: «Preferiría no hacerlo». Giorgio Agamben lo convirtió en símbolo de la pura potencia, y desde entonces su negativa se ha leído a menudo como una forma de resistencia. (Para una defensa filosófica del no hacer desde otro ángulo, puede leerse Metafísica de la pereza, de Juan Evaristo Valls Boix.)
Han propone una lectura más sombría. Bartleby no sufre el cansancio de nuestra época, el de quien puede hacerlo todo, sino el de la monotonía: vive encerrado en una oficina rodeada de muros, copiando documentos mecánicamente, en una sociedad todavía disciplinaria. Su «preferiría no hacerlo» no abre un nuevo comienzo; es el síntoma de una vida vaciada por la repetición. Por eso, para Han, la potencia negativa no está en la apatía, sino en la atención soberana de quien sabe detenerse.
Ejercicios de soberanía
Han distingue también entre la ira y el enfado. La ira es una fuerza negativa capaz de interrumpir una situación y abrir otra nueva. El enfado, en cambio, es una excitación nerviosa constante que no cambia nada. Una sociedad acelerada, dice, pierde la capacidad de la ira y la sustituye por un estado de irritación permanente.
Desde Cura sui te proponemos algunos ejercicios de soberanía cotidiana, inspirados en estas ideas. El «minuto de vacilación»: antes de responder a un mensaje o a un impulso de compra, esperar sesenta segundos y observar cómo pierde fuerza. La «dieta del impulso»: elegir una franja del día en la que no responder de inmediato a ninguna notificación. Y la «mirada larga»: dedicar unos minutos a observar un objeto o un paisaje sin fotografiarlo, juzgarlo ni usarlo, dejando, en palabras de Nietzsche, que las cosas se nos acerquen.