Solemos dar por hecho que la mente está en la cabeza. Decimos «mi cerebro me ha jugado una mala pasada» como si pensamientos, emociones y recuerdos no fueran más que el resultado de reacciones químicas y corrientes eléctricas entre neuronas. Es la visión dominante en nuestra cultura, y también la de buena parte de la neurociencia.
En un capítulo de Conciencia o colapso, Jordi Pigem la pone en cuestión. Llama «cerebrocentrismo» a la creencia de que la conciencia emerge exclusivamente de la fisicoquímica cerebral, y sostiene que, por extendida que esté, sigue siendo una hipótesis y no un hecho demostrado.
El cerebro como filtro
Pigem se apoya en autores como el psiquiatra Iain McGilchrist o el filósofo Alva Noë, que en Fuera de la cabeza defiende que no somos nuestro cerebro, sino seres vivos enteros en relación con su entorno. Y recupera una idea que William James y Henri Bergson formularon a finales del siglo XIX y principios del XX: quizá el cerebro no produce la conciencia, sino que la filtra o le da paso, del mismo modo que una ventana no fabrica la luz que deja entrar.
Desde esta perspectiva, la conciencia tendría un ámbito propio, y el cerebro sería el órgano que permite que ciertos aspectos de ella se manifiesten en nuestra vida cotidiana. La correlación entre actividad cerebral y experiencia sería real, pero no significaría necesariamente causalidad.
Indicios en debate
El autor reúne tres tipos de indicios que, a su juicio, encajan mal con el cerebrocentrismo. El primero es la llamada lucidez terminal: personas con demencias avanzadas que, poco antes de morir, recuperan de forma inesperada la claridad y la memoria, un fenómeno estudiado por el psiquiatra Bruce Greyson. El segundo son las experiencias cercanas a la muerte, con rasgos comunes que se repiten en culturas distintas y que a menudo transforman la vida de quienes las viven. El tercero son casos clínicos como los que describió el neurólogo John Lorber en los años ochenta: personas con hidrocefalia severa y muy poca masa cerebral aparente que llevaban una vida intelectual normal.
Conviene decirlo con claridad: la mayoría de neurocientíficos interpreta estos fenómenos dentro del marco materialista, y su alcance sigue siendo objeto de debate. Pero la pregunta de Pigem es legítima y antigua. Como él mismo señala, el significado de una frase no está en las letras que la forman, aunque sin letras no habría frase.
Observar la propia mente
Más allá de cómo se resuelva el debate científico, la pregunta tiene, a nuestro juicio, una consecuencia práctica. Si reducimos la mente a mecanismos cerebrales, tendemos a vernos como máquinas que se reparan con ajustes químicos. Si la entendemos como algo más amplio, el camino para conocernos pasa por observar directamente la propia experiencia, como han hecho durante siglos las tradiciones contemplativas a través de la meditación.
Desde Cura sui te proponemos un ejercicio sencillo: prestar atención durante unos días a cómo hablamos de la mente. ¿Decimos «mi cerebro me hizo hacerlo» o «decidí hacerlo»? El lenguaje que usamos no es neutral: moldea cómo entendemos nuestra libertad, nuestra responsabilidad y aquello que somos. Y, como invita Pigem, volver la mirada a la propia conciencia es también una forma de volver a la vieja invitación a conocerse a uno mismo.