Solemos pensar en la atención como un recurso escaso que hay que administrar: la perdemos con las notificaciones, la recuperamos con técnicas de concentración, la medimos en minutos de pantalla. Pero hay una manera más radical de entenderla. La atención no es una función de la mente como cualquier otra, sino la base de toda actividad: es el modo en que el mundo se nos presenta. Según cómo miremos, aparecerá un mundo u otro.
Esta es la idea que Jordi Pigem desarrolla en uno de los capítulos centrales de Conciencia o colapso, el libro con el que cierra su trilogía sobre la crisis de nuestra época. Apoyándose en el psiquiatra Iain McGilchrist, Pigem sostiene que el tipo de atención que prestamos no es neutral: transforma aquello a lo que atendemos.
Dos ojos para un mismo mundo
La intuición no es nueva. En el siglo XII, Hugo de San Víctor distinguía tres ojos en el ser humano: el de la carne, que ve el mundo exterior; el de la razón, que ve el alma y sus operaciones; y el de la contemplación, que ve lo divino. San Buenaventura retomó esta distinción un siglo después. Pigem se fija sobre todo en los dos últimos, el oculus rationis y el oculus contemplationis, y los traduce a un lenguaje contemporáneo: la mente algorítmica y la mente holística.
La mirada algorítmica analiza, clasifica, mide y descompone. Ve partes, causas y efectos. Es imprescindible para calcular, planificar o reparar una máquina. La mirada holística, en cambio, percibe el conjunto, las relaciones, la vida que late en cada cosa. Es menos práctica, pero revela una realidad más honda e interconectada.
«El árbol que a algunos conmueve hasta las lágrimas de alegría no es, a los ojos de otros, más que una cosa verde que se interpone en el camino. […] Para los ojos del hombre de imaginación, la naturaleza es la imaginación misma.»
— William Blake, carta al reverendo John Trusler (1799)
Lo que llevamos dentro, lo que vemos fuera
Pigem reúne un coro de voces que dicen lo mismo desde lugares muy distintos. Ralph Waldo Emerson escribía que la naturaleza lleva siempre los colores del espíritu. Werner Heisenberg advertía, desde la física, que si tratamos a los organismos como sistemas fisicoquímicos acabaremos viéndolos solo como tales. Y el Dhammapada abre con una afirmación que atraviesa toda la sabiduría antigua: somos el resultado de lo que pensamos. La persona se convierte en aquello que contempla.
No se trata solo de poesía. En 1984, el investigador Roger Ulrich comparó a pacientes operados en un mismo hospital: los que tenían una ventana con vistas a unos árboles se recuperaban antes y necesitaban menos analgésicos que los que miraban a una pared de ladrillo. La vida de la naturaleza renueva la vida de quien sabe contemplarla.
Abraham Maslow habló de una «cognición del Ser», propia de las experiencias cumbre, en la que percibimos las cosas en sí mismas, sin reducirlas a su utilidad ni filtrarlas a través de nuestras categorías y nuestro ego. Y Pigem encuentra el mismo par en Spinoza, que distinguía el conocimiento de las causas encadenadas de la visión de todo sub specie aeternitatis, «bajo la mirada de la eternidad», y en Nietzsche, que oponía un saber exotérico, que ve separación y confrontación, a uno esotérico, que contempla la realidad como un conjunto interdependiente y dinámico, un juego divino.
Una doble exposición
Nada de esto es una invitación a renunciar a la razón. Pigem recurre al filósofo japonés Keiji Nishitani, de la Escuela de Kioto, para proponer algo así como una doble exposición fotográfica: ver el mundo a la vez con los dos ojos, sabiendo que uno de ellos llega más hondo. Desde la vacuidad budista que Nishitani pensó en diálogo con Occidente, las cosas no son fragmentos aislados, sino nudos de una red de relaciones.
El peligro, advierte Pigem, no está en usar la mirada algorítmica, sino en creer que lo que ella ve es todo lo que hay: que el mundo está hecho realmente de piezas inertes y separadas. Cuando esa mirada lo ocupa todo, el mundo deja de brillar y queda solo una llama fría. Es la visión gris y desacralizada que reconocemos en una cultura que lo cuantifica todo, desde el sueño hasta las amistades.
Aprender de nuevo a mirar
Si la atención revela el mundo, cuidarla es también una forma de cuidar el mundo y de cuidar de uno mismo. Desde Cura sui te proponemos un ejercicio sencillo para notarlo. Elige un objeto cotidiano o una escena natural: un árbol, una taza, una calle. Primero, obsérvalo con la mirada de la razón: identifica sus partes, su función, su estructura; clasifícalo. Después, cambia de mirada: percíbelo como un todo, en su relación con lo que lo rodea, con la sensación que te transmite, con su singularidad más allá de su utilidad.
No hace falta elegir entre los dos ojos. Basta con recordar que tenemos ambos, y que el mundo que habitamos depende, en buena medida, de cuál dejamos abierto. Si, como sostiene Pigem, nuestra época necesita una transformación de la conciencia, quizá esta empiece por algo tan humilde, y tan exigente, como aprender de nuevo a mirar.