En el templo de Apolo en Delfos, los peregrinos que acudían a consultar el oráculo encontraban una inscripción: gnothi seauton, conócete a ti mismo. Sócrates hizo de esa frase el centro de su vida. Pero para él conocerse no era un ejercicio de introspección aislada, sino inseparable de otra tarea: el cuidado de sí, la atención a la propia alma.
El historiador de la filosofía Pierre Hadot mostró en Ejercicios espirituales y filosofía antigua (1981) que, para los antiguos, la filosofía no era sobre todo una teoría, sino una forma de vida. Estoicos, epicúreos y platónicos practicaban ejercicios espirituales: examinar la conciencia cada noche, meditar sobre la muerte, contemplar el cosmos desde lo alto, memorizar máximas para tenerlas a mano en los momentos difíciles.
Uno de esos ejercicios era la prosoché, la atención vigilante a uno mismo: darse cuenta, en cada momento, de lo que pensamos, sentimos y hacemos. No para juzgarnos, sino para no vivir en piloto automático.
Esta noche, antes de dormir, prueba el ejercicio que Séneca practicaba a diario: repasa tu jornada con calma. ¿Qué hice bien? ¿En qué me equivoqué? ¿Qué puedo mejorar mañana? Sin reproches, con la curiosidad de quien quiere conocerse. Es un gesto pequeño, pero en él cabe toda la filosofía antigua.