Conócete a ti mismo

γνῶθι σεαυτόν (gnôthi seautón)

Conócete a ti mismo: Máxima del templo de Delfos que Sócrates convirtió en punto de partida de la filosofía: examinar la propia vida.

Según la tradición, la inscripción gnôthi seautón figuraba en el pronaos del templo de Apolo en Delfos, junto a otras máximas como «nada en exceso». En su sentido original probablemente era una advertencia religiosa: recuerda que eres un mortal y no un dios, conoce tus límites. Sócrates la convirtió en algo distinto y más inquietante. Para él, conocerse era examinar sin descanso las propias creencias, descubrir cuánto de lo que damos por sabido no resiste la pregunta, y reconocer la propia ignorancia como punto de partida de toda búsqueda.

La máxima ha recorrido toda la historia del pensamiento con sentidos muy diversos. Para el neoplatonismo, conocerse era remontar hacia la parte más alta del alma; para Agustín de Hipona, encontrar en la propia interioridad la huella de algo que la trasciende; para Montaigne, observarse con honestidad en toda su contradicción y cambio. El psicoanálisis añadió una vuelta de tuerca: gran parte de lo que somos permanece en el inconsciente, de modo que conocerse ya no puede ser un simple ejercicio de introspección. Foucault, por su parte, recordó que en la Antigüedad esta máxima estaba subordinada al cuidado de sí: uno se conoce para transformarse, no por mera curiosidad.

El autoconocimiento es uno de los ejes de nuestra escuela, pero lo entendemos lejos de la obsesión contemporánea por el yo. Conocerse no es fabricar una marca personal ni coleccionar etiquetas sobre la propia personalidad, sino desenredar los juicios, deseos e ilusiones que nos gobiernan sin que lo sepamos. Por eso el autoconocimiento es también un ejercicio crítico: nos protege de las manipulaciones ajenas y de los autoengaños propios, como la mala fe que describía Sartre.

Tomarse en serio esta máxima supone aceptar una tarea que nunca termina. Se practica en la escritura, en la conversación honesta con otros, en la atención a lo que sentimos y a cómo reaccionamos, en la disposición a dejarse interpelar por un texto o por un acompañante. A veces lo que aparece no es agradable: la propia sombra, las contradicciones, los límites. Pero precisamente ahí empieza una libertad más real, la de quien ya no necesita defender a toda costa la imagen que tiene de sí mismo.

Véase también

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