En la antigua Roma, cuando un general victorioso desfilaba por las calles, se dice que un esclavo le susurraba al oído: «Recuerda que eres mortal». La fórmula latina memento mori —«recuerda que morirás»— atravesó después la historia del arte y la espiritualidad: calaveras en los bodegones, relojes de arena en las celdas de los monjes, inscripciones en los cementerios.
Hoy esta idea nos parece sombría. Vivimos en una cultura que aparta la muerte de la vista, la confina en hospitales y tanatorios y evita nombrarla. Y sin embargo, casi todas las tradiciones de sabiduría coinciden en algo que puede sonar paradójico: recordar la muerte es una de las mejores maneras de aprender a vivir.
La lección de los antiguos
En Sobre la brevedad de la vida, Séneca escribe que la vida no es corta, sino que la hacemos corta al malgastarla. Vivimos, dice, como si fuéramos a vivir siempre, posponiendo lo importante y entregando nuestro tiempo a lo que no nos importa. La conciencia de la muerte no es para él una fuente de miedo, sino un recordatorio para no aplazar la vida.
Montaigne recogió esta herencia en sus Ensayos, en un capítulo cuyo título lo dice todo: «Que filosofar es aprender a morir». Quien ha meditado sobre la muerte, sostiene, se ha liberado de una servidumbre: ya no vive pendiente de escapar de ella.
Heidegger: la muerte como posibilidad
En el siglo XX, Martin Heidegger dio a esta intuición una forma filosófica radical. En Ser y tiempo (1927) describe al ser humano como un ser-para-la-muerte: la muerte no es un acontecimiento que llegará al final, sino una posibilidad que atraviesa toda nuestra existencia y le da forma. Es la única posibilidad absolutamente propia: nadie puede morir por nosotros.
Frente a esa certeza surge la angustia. La mayoría de las veces huimos de ella refugiándonos en lo que «se» hace, en la rutina anónima. Pero si nos atrevemos a mirarla de frente, la angustia nos devuelve a nosotros mismos: nos obliga a preguntarnos qué queremos hacer con el tiempo que tenemos.
Un ejercicio para hoy
El psiquiatra Irvin D. Yalom, en Mirar al sol (2008), cuenta cómo muchos de sus pacientes cambiaron su vida tras un encuentro cercano con la muerte: una enfermedad, una pérdida, un accidente. De pronto, las prioridades se reordenaban. Lo urgente dejaba de parecer importante, y lo importante se volvía urgente.
No hace falta esperar a una crisis para hacer ese ejercicio. Basta con preguntarse, de vez en cuando: si supiera que me queda poco tiempo, ¿seguiría viviendo así? La respuesta no siempre es cómoda, pero casi siempre es reveladora. Y abre la puerta a la pregunta por el sentido de la vida, no como un enigma abstracto, sino como una tarea concreta: la de vivir hoy de acuerdo con lo que de verdad importa.