Hubo un tiempo, recuerda Jordi Pigem en las últimas páginas de Conciencia o colapso, en que lo único que se movía sin cesar era el agua. Los ríos fluían durante milenios sin obstáculos ni contaminación, y el sonido predominante en el planeta era el murmullo de los arroyos y el rumor de las olas, mucho antes del ruido de los motores y de las telecomunicaciones.
En aquel mundo, las únicas líneas rectas eran intangibles y efímeras: los rayos de sol que se filtraban entre las hojas, la luz que atravesaba las nubes, los cristales que dormían en la oscuridad de la tierra. Una rectitud luminosa que nadie había impuesto.
La proliferación de líneas rectas
Las primeras líneas rectas trazadas por el ser humano fueron lanzas y flechas. Después vinieron los muros y las murallas que empezaron a parcelar el paisaje; más tarde, las calles, las avenidas, las formaciones militares, los barrotes, las barreras y los códigos de barras. Hoy, la multiplicación de líneas rectas culmina en los algoritmos que recorren los laberintos de los circuitos electrónicos, e incluso en la pretensión de reducir la vida a secuencias lineales de código genético o digital.
Pigem no demoniza la línea recta, que puede ser expresión de pureza cristalina. Pero advierte que, con demasiada frecuencia, se ha convertido en expresión de miedo, rigidez y codicia: la huella de una mente algorítmica obsesionada con el control y la previsibilidad.
De la IA al AYA
El libro termina planteando una decisión. Podemos seguir adentrándonos, adormecidos, en el mundo de la Máquina, distraídos por las seducciones de la tecnología —y distraer significa, etimológicamente, ser arrastrado en direcciones distintas, lejos del propio centro—. O podemos despertar, respirar y volver a la vida.
Pigem lo resume con un juego de siglas. Frente a la IA, que él traduce como invasión algorítmica y asocia al control, la cosificación y la alienación, propone el AYA: el aquí y ahora, fuente de fluidez, vitalidad y lucidez. No se trata de huir del mundo, sino de recuperar el protagonismo de la propia vida y participar de nuevo en el latido del mundo, como el agua que, siglos después, sigue sin repetirse nunca.
Tres líneas rectas
Desde Cura sui te proponemos empezar por algo muy concreto: dedicar unos minutos al día a observar algo que fluye —un río, las olas, el viento en las hojas, el desplazamiento de las nubes— y notar lo que nos transmite, en contraste con la rigidez de las estructuras que nos rodean.
Y, como ejercicio más personal, identificar tres «líneas rectas» en la propia vida: una rutina rígida, una expectativa autoimpuesta, un hábito de control. No para eliminarlas de golpe, sino para imaginar un pequeño gesto que devuelva a cada una un poco de fluidez. Quizá así recordemos lo que Heráclito ya sabía, y lo que la tradición taoísta llamó Tao: que en el principio, y también ahora, todo fluye.