En 1942, el psiquiatra vienés Viktor Frankl fue deportado con su familia a los campos de concentración nazis. Sobrevivió a Theresienstadt, Auschwitz y Dachau; su mujer, sus padres y su hermano no. Poco después de la liberación escribió, en apenas nueve días, el libro que lo haría conocido en todo el mundo: El hombre en busca de sentido (1946).
En sus páginas, Frankl relata lo que observó en los campos: en condiciones idénticas de horror, algunas personas se derrumbaban y otras resistían. La diferencia, concluyó, no estaba solo en la fuerza física, sino en tener algo por lo que vivir: un ser querido al que volver a ver, una obra por terminar, una tarea pendiente.
A partir de esa experiencia, Frankl desarrolló la logoterapia, una psicoterapia centrada en la búsqueda del sentido de la vida. Para él, el gran malestar de nuestro tiempo no es tanto la frustración del placer como el vacío existencial: la sensación de que nada merece realmente la pena.
Frankl no idealizaba el sufrimiento. Si puede evitarse, hay que evitarlo. Pero cuando es inevitable, todavía nos queda una última libertad: la de elegir la actitud con la que lo afrontamos. Esa capacidad de rehacerse y de encontrar sentido incluso en la adversidad es lo que hoy llamamos resiliencia, y también una forma profunda de sabiduría.
Si hoy atraviesas un momento difícil, quizá no puedas cambiar lo que te ocurre. Pero puedes preguntarte: ¿qué me está pidiendo la vida en esta situación? ¿Por quién, o por qué, merece la pena seguir? A veces la respuesta es pequeña y cercana. Y basta.