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Únete aquíResiliencia: Capacidad de afrontar la adversidad, recuperarse y, a veces, salir transformado de ella.
Como tantos términos de la psicología, este viene de la física, donde describe la capacidad de un material para recuperar su forma después de ser deformado. En las ciencias humanas empezó a usarse a partir de estudios que siguieron durante décadas a niños que crecían en condiciones muy adversas y observaron que una parte de ellos lograba desarrollarse bien. El psiquiatra Boris Cyrulnik la popularizó en el mundo francófono e hispano, insistiendo en que nadie es resiliente en solitario: siempre hay alguien, un «tutor de resiliencia», que ofrece un apoyo decisivo.
La resiliencia no es invulnerabilidad ni ausencia de dolor. Quien atraviesa un trauma o una pérdida y sale adelante no lo hace porque no le haya afectado, sino porque ha podido integrar la herida en su historia y seguir viviendo con ella. Tampoco es un rasgo fijo con el que se nace: depende de factores personales, como la capacidad de dar sentido a lo vivido, pero sobre todo de vínculos, de recursos materiales y de contextos que sostienen. Viktor Frankl, desde su experiencia en los campos de concentración, subrayó el papel del sentido como fuente de fuerza.
Queremos rescatar este concepto de un uso que lo desvirtúa. En los últimos años se ha convertido en una palabra de moda que a veces se utiliza para exigir a las personas que aguanten cualquier cosa, como si la capacidad de adaptarse eximiera de cambiar las condiciones que dañan. Una resiliencia sin crítica puede servir para normalizar la precariedad. Nosotros la entendemos junto al coraje de transformar lo injusto y junto al cuidado mutuo: resistir no es solo resistir solo, sino hacerlo con otros.
Cultivar la resiliencia pasa por cosas sencillas y profundas a la vez: cuidar los vínculos que nos sostienen, permitirnos sentir el dolor en lugar de negarlo, buscar ayuda cuando la necesitamos, encontrar algún sentido en lo que vivimos, aunque sea con el tiempo. También ayuda recordar que caer no es fracasar. Los estoicos hablaban de progreso, no de perfección, y las tradiciones contemplativas enseñan a empezar de nuevo una y otra vez. La aceptación incondicional de uno mismo, con sus heridas, es a menudo el primer paso.
Virtud de afrontar el miedo, el dolor y la adversidad sin renunciar a lo que es correcto.
Huella psíquica que deja una experiencia abrumadora que desborda la capacidad de la persona para procesarla.
Para Viktor Frankl, la motivación humana fundamental, que puede encontrarse incluso en medio del sufrimiento.
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