Hay épocas en que nada parece tener sentido. Lo que antes nos movía ha dejado de hacerlo; las certezas se han desmoronado y no hay nada nuevo que ocupe su lugar. No es exactamente tristeza, ni exactamente cansancio: es una especie de oscuridad en la que no se ve el camino.
En el siglo XVI, un fraile carmelita encerrado en una celda de Toledo dio nombre a esta experiencia. San Juan de la Cruz escribió el poema Noche oscura y un extenso comentario en prosa sobre él. La noche oscura del alma describe el momento en que el creyente pierde todo consuelo, incluso el de la oración, y se siente abandonado. Pero, para Juan de la Cruz, esa noche no es un fracaso: es el lugar donde el alma se despoja de lo que no es esencial.
Una experiencia universal
No hace falta ser creyente para reconocer esta experiencia. El psiquiatra Viktor Frankl habló de vacío existencial para describir el malestar de quien ya no encuentra un para qué. Y el psicólogo Martin Seligman estudió un fenómeno emparentado: la desesperanza aprendida, el estado en que, tras experiencias repetidas de impotencia, dejamos de intentar cambiar nuestra situación aunque podamos hacerlo.
La diferencia entre una y otra lectura es importante. La desesperanza aprendida es una trampa: nos convence de que nada puede cambiar. La noche oscura, en cambio, es un tránsito: algo muere para que algo nuevo pueda nacer.
Atravesar el umbral
Los antropólogos hablan de liminalidad para referirse a ese tiempo intermedio en el que ya no somos quienes éramos, pero todavía no somos quienes seremos. Las crisis vitales tienen mucho de liminal. Y la psicología contemporánea ha mostrado que muchas personas salen de ellas transformadas.
El neuropsiquiatra francés Boris Cyrulnik popularizó el concepto de resiliencia en libros como Los patitos feos (2001): la capacidad de rehacerse tras la adversidad. Cyrulnik insiste en que nadie es resiliente en solitario. Lo que permite atravesar la noche son los vínculos: alguien que acompaña, que no pide prisa, que confía en que habrá un amanecer aunque todavía no se vea.
Si estás en una noche así, quizá no puedas hacer mucho más que sostenerte y dejarte acompañar. Y eso ya es mucho. La oscuridad no siempre significa que te has perdido; a veces significa que estás cruzando un umbral.