En 1923, José Ortega y Gasset publicó El tema de nuestro tiempo. Su tesis era audaz: desde Sócrates, el pensamiento occidental había ido demasiado lejos en su exaltación de la razón pura, hasta pretender que la razón sustituyera a la vida espontánea. La razón, recordaba Ortega, es una herramienta al servicio de la vida, no al revés.
Jordi Pigem retoma esta intuición en Conciencia o colapso. Ortega se mostraba optimista: la relatividad de Einstein, al romper con el espacio y el tiempo absolutos de Newton, le parecía la señal de que los modelos abstractos tendrían que adaptarse a la experiencia, y no la experiencia a los modelos. Un siglo después, Pigem se pregunta si no ha ocurrido justo lo contrario.
Una enfermedad de la razón
Por aquellos mismos años, el psiquiatra Eugène Minkowski describía en Francia una forma de sufrimiento que llamó «racionalismo mórbido» o «geometrismo mórbido»: personas que intentaban regir su vida exclusivamente por la lógica y los principios abstractos, y que se volvían rígidas, doctrinarias, incapaces de contacto vital con los demás. Uno de sus pacientes solo hablaba espontáneamente cuando sus principios se lo permitían.
Pigem ve en esta patología individual el retrato de una tendencia cultural. El neurólogo Oliver Sacks relató el caso del doctor P., el hombre que confundió a su mujer con un sombrero: cuando le mostraban una rosa, la describía como «una forma roja enrevesada con un apéndice lineal verde», pero era incapaz de reconocerla como flor. Nuestra cultura, sugiere Pigem, se parece cada vez más a ese paciente: sabe medir la rosa, pero ha olvidado olerla.
Las personas mayores aman las cifras
Frente a ese mundo, Pigem propone releer El principito, publicado en 1943, como una ventana abierta a otra manera de entender la vida. Las personas mayores, dice el narrador, aman las cifras: cuando les hablas de un nuevo amigo, no preguntan cómo suena su voz ni a qué juega, sino cuántos años tiene o cuánto gana su padre.
Los planetas que visita el principito son una galería de esta mentalidad: el hombre de negocios que cuenta estrellas y cree poseerlas porque las ha anotado; el geógrafo que nunca ha salido de su despacho y no registra las flores porque son efímeras. Todos son serios, todos calculan, y ninguno está vivo del todo.
Volver a oler la rosa
Reivindicar la vida espontánea no significa renunciar a pensar. Significa devolver la razón a su lugar, como una aliada de la autenticidad y no como su sustituta. La tradición taoísta lo llamó wu wei: actuar sin forzar, dejando que las cosas sigan su curso natural.
Desde Cura sui te proponemos dos ejercicios en la línea del principito. El primero: observar cada día con atención un objeto natural —una flor, una hoja, una piedra— y describirlo sin cifras ni categorías, solo a través de sus colores, texturas y presencia. El segundo: mantener una conversación sin hablar de edades, precios ni horarios, solo de lo que sentimos y vivimos. Es más difícil de lo que parece, y por eso mismo revela cuánto nos hemos acostumbrado a mirar el mundo con los ojos del geógrafo.