Durante buena parte del siglo XX, la gran metáfora para pensar el peligro fue la inmunológica. Había un dentro y un fuera, lo propio y lo extraño, y cualquier cuerpo ajeno —un virus, una bacteria, un enemigo en plena Guerra Fría— debía ser detectado y repelido. La salud consistía en defenderse.
Byung-Chul Han abre La sociedad del cansancio con una tesis que desmonta esa imagen: el siglo XXI ya no es bacteriano ni viral, sino neuronal. Sus enfermedades emblemáticas son la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de la personalidad o el síndrome de burnout. Y ninguna de ellas llega de fuera.
El fin del paradigma inmunológico
Según Han, la globalización ha disuelto las fronteras que sostenían el paradigma inmunológico. Lo otro ya no se vive como una amenaza que hay que expulsar, sino como una diferencia que se puede consumir: lo exótico convertido en producto, el extranjero reducido a un problema de gestión. Sin verdadera alteridad, la vieja lógica de la defensa —introducir un poco de lo extraño para protegerse, como hace una vacuna— pierde su sentido.
Por eso Han discute con Roberto Esposito, que sigue leyendo nuestro presente en clave inmunitaria, y con Jean Baudrillard, que habla de una violencia «viral». Para Han, la violencia actual no se propaga por contagio de un agente externo: prolifera desde dentro del propio sistema, como lo hacen las células de un tumor.
Demasiado sí
La violencia de nuestro tiempo, sostiene Han, no es la de la negatividad —la del enemigo que ataca—, sino la de la positividad: la que nace de la superproducción, el superrendimiento y la supercomunicación. Es una violencia suave, sin rostro, que no provoca rechazo porque no se percibe como extraña. Nadie nos obliga: somos nosotros quienes decimos sí a todo.
El resultado no es una infección, sino un sobrecalentamiento. El yo no es petrificado por una Medusa externa; se funde por exceso de lo idéntico, por demasiado sí, demasiada actividad, demasiada información. El cansancio, el agotamiento y la sensación de asfixia no son reacciones de defensa, sino los síntomas de un mundo saturado de positividad en el que ya no queda espacio para lo otro.
Recuperar la negatividad
La tesis de Han no invalida la dimensión clínica de estos trastornos, pero invita a mirarlos también como un síntoma social. Si el malestar que nos rodea tiene que ver con un exceso y no con una carencia, quizá la respuesta no pase por añadir más estímulos, más técnicas o más optimismo, sino por recuperar algo de negatividad.
Desde Cura sui te proponemos un ejercicio sencillo: buscar pequeñas «negatividades saludables» en el día a día. Un rato de pausa sin objetivo, un silencio que no se rellena, una tarea hecha sin la presión de rendir, un «no» dicho a tiempo. No son una huida del mundo, sino la forma de devolverle al yo los límites que necesita para no arder.