Autenticidad: Vivir según elecciones asumidas como propias, en lugar de dejarse llevar por lo que «se» hace o se espera.

El ideal de autenticidad tiene una historia larga, pero adquirió su forma filosófica más influyente en el siglo XX. Heidegger distinguió entre una existencia impropia, en la que vivimos según lo que se hace, se dice y se piensa, disueltos en la opinión anónima de todos, y una existencia propia o auténtica, en la que asumimos nuestra finitud y elegimos nuestra vida como algo que nos pertenece. Sartre y otros existencialistas retomaron la idea: ser auténtico es aceptar la propia libertad y la responsabilidad que conlleva, en lugar de refugiarse en excusas.

Conviene distinguir esta autenticidad de su versión popular, que la reduce a expresar sin filtros lo que uno siente o a seguir cualquier impulso. El filósofo Charles Taylor dedicó un libro a defender el ideal de autenticidad frente a sus degradaciones: advertía que, separado de horizontes de sentido compartidos y de la relación con los demás, puede convertirse en un narcisismo trivial. Theodor Adorno fue aún más crítico con lo que llamó la jerga de la autenticidad. En la psicología humanista, un concepto cercano es la congruencia descrita por Carl Rogers.

La autenticidad que nos importa no es la de la marca personal ni la del «sé tú mismo» publicitario, que paradójicamente produce individuos muy parecidos entre sí. Es la de quien se atreve a mirar su vida, a reconocer sus contradicciones y a elegir con lucidez, sin esconderse en la mala fe ni vivir según guiones ajenos. Tiene algo de parresía, de valor para decir y vivir la verdad, y algo de humildad, porque nadie es auténtico de una vez para siempre.

Ser más auténtico no requiere grandes gestos, sino atención a los pequeños desajustes cotidianos: decir que sí cuando queremos decir que no, callar lo que pensamos por miedo, perseguir metas que no son nuestras. Puede ayudar preguntarse de vez en cuando si la vida que llevamos es la que elegiríamos si nos atreviéramos. Pensar en la propia finitud, como proponía Heidegger con el ser-para-la-muerte, suele aclarar lo que de verdad importa. Y la autenticidad crece en relaciones donde podemos mostrarnos sin máscaras.

Véase también

Congruencia

Coherencia entre lo que una persona siente, piensa y expresa; para Rogers, condición de una relación terapéutica genuina.

Mala fe

Para Sartre, autoengaño con el que negamos nuestra propia libertad y responsabilidad.

Libertad

Para el existencialismo, condición radical del ser humano: estamos condenados a elegir y a responder de lo que hacemos.

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