Libertad: Para el existencialismo, condición radical del ser humano: estamos condenados a elegir y a responder de lo que hacemos.

Pocas palabras han sido tan invocadas y tan disputadas. La filosofía antigua pensó la libertad sobre todo como libertad interior: para Epicteto, que había sido esclavo, nadie puede arrebatarnos el uso de nuestros juicios, y ahí reside la verdadera libertad. Spinoza la entendió como la comprensión de las causas que nos determinan, frente a la ilusión de un libre albedrío sin condiciones. Y el existencialismo del siglo XX la convirtió en el rasgo definitorio del ser humano: para Sartre, estamos condenados a ser libres, porque no tenemos una esencia fijada de antemano y debemos hacernos a través de nuestras elecciones.

Esta libertad radical tiene un reverso. Si somos libres, somos también responsables de lo que hacemos y de lo que somos, sin excusas en la naturaleza, en Dios o en las circunstancias. De ahí la angustia que acompaña a la conciencia de la libertad y la tentación de huir de ella mediante la mala fe. Simone de Beauvoir añadió un matiz decisivo: mi libertad no puede realizarse plenamente si niego la de los demás, porque solo somos libres en un mundo en el que otros también lo son. Y numerosos pensadores han recordado que la libertad concreta depende de condiciones materiales, sociales y políticas.

Nos importa defender una idea de libertad más rica que la que circula en el discurso dominante. Hoy se suele identificar ser libre con poder elegir entre productos, opciones o estilos de vida, mientras se ignoran las dependencias que nos atan sin que lo notemos: al consumo, a la aprobación, a la prisa. La libertad que buscamos tiene que ver con la emancipación de esas ataduras, con la capacidad de pensar por uno mismo y con la solidaridad que hace posible la libertad de todos, en la línea de la autenticidad existencial y del cuidado del mundo.

Ejercer la libertad empieza por pequeñas preguntas: ¿esto que hago lo he elegido yo o lo hago por inercia? ¿Qué me impide actuar de acuerdo con lo que valoro? ¿Qué condiciones necesitarían otros para ser tan libres como yo? La distinción estoica entre lo que depende de nosotros y lo que no, la dicotomía del control, puede ser un buen punto de partida. La libertad no es un estado que se posee de una vez para siempre, sino una práctica que se renueva en cada decisión.

Véase también

Angustia

Para Kierkegaard y los existencialistas, vértigo ante la libertad y la posibilidad, distinto del miedo a algo concreto.

Mala fe

Para Sartre, autoengaño con el que negamos nuestra propia libertad y responsabilidad.

Autenticidad

Vivir según elecciones asumidas como propias, en lugar de dejarse llevar por lo que «se» hace o se espera.

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