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Únete aquíCongruencia: Coherencia entre lo que una persona siente, piensa y expresa; para Rogers, condición de una relación terapéutica genuina.
Carl Rogers utilizó este término para describir la coincidencia entre lo que una persona experimenta interiormente, lo que es consciente de experimentar y lo que expresa hacia fuera. Una persona congruente no lleva una máscara: sus palabras, sus gestos y sus sentimientos van en la misma dirección. Rogers la consideraba una de las tres condiciones de toda relación terapéutica eficaz, junto a la empatía y la aceptación incondicional. Un terapeuta que finge interés o calma que no siente, decía, transmite algo confuso que dificulta el encuentro.
La congruencia tiene también una dimensión interna. Rogers pensaba que buena parte del malestar psicológico surge de la incongruencia entre la imagen que tenemos de nosotros mismos y lo que realmente vivimos. Cuando una experiencia no encaja con esa imagen, tendemos a negarla o distorsionarla, y esa tensión genera ansiedad. Crecer, en este sentido, consiste en ir abriendo la conciencia a toda la propia experiencia. No debe confundirse con decir todo lo que se piensa en cualquier momento: la congruencia madura sabe elegir cuándo y cómo expresar, sin traicionar lo que se siente.
Vemos aquí un parentesco claro con la autenticidad de los existencialistas y con la parresía de los antiguos, que unían la verdad de la palabra con la verdad de la vida. En una cultura de la imagen, donde se nos invita a gestionar una marca personal y a mostrar solo lo que conviene, la congruencia es una forma de resistencia y también de salud. Vivir dividido entre lo que se muestra y lo que se siente agota, y la coherencia interior libera energía.
Ser más congruente empieza por darse cuenta de lo que sentimos realmente, algo que no siempre es obvio. Preguntarse en una conversación qué estoy sintiendo ahora y si lo estoy expresando ayuda a detectar las pequeñas incoherencias cotidianas. No se trata de exhibir cada emoción, sino de no negarla ante uno mismo y de encontrar formas honestas de comunicarla cuando importa. Con el tiempo, la congruencia se nota en los demás: las relaciones se vuelven más confiables y sencillas cuando nadie tiene que adivinar qué hay detrás de las palabras.
Vivir según elecciones asumidas como propias, en lugar de dejarse llevar por lo que «se» hace o se espera.
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