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Únete aquíEmpatía: Capacidad de comprender y sentir desde dentro la experiencia de otra persona sin perder la propia perspectiva.
La palabra procede del término alemán Einfühlung, «sentir dentro», que la estética de finales del siglo XIX utilizaba para describir cómo proyectamos nuestra vida interior en una obra de arte o en un paisaje. Poco después pasó a designar la capacidad de captar la experiencia de otra persona. La filósofa Edith Stein le dedicó su tesis doctoral y la describió como una experiencia peculiar: vivimos lo que el otro vive, pero sabiendo que no es nuestro. Esa doble condición, cercanía y distancia a la vez, es lo que distingue la empatía del simple contagio emocional.
Hoy se suele distinguir entre una empatía cognitiva, que consiste en comprender lo que el otro piensa o siente, y una empatía afectiva, que consiste en resonar emocionalmente con él. Ambas son necesarias y ninguna basta por sí sola: se puede comprender a alguien para manipularlo, y se puede sentir mucho sin saber ayudar. Algunos autores han advertido de los límites de la empatía, que tiende a favorecer a quienes se nos parecen y puede agotarnos si nos inunda. Por eso muchas tradiciones proponen completarla con la compasión, que añade el deseo de aliviar el sufrimiento y una mayor estabilidad.
Para la psicología humanista, la empatía es una de las condiciones esenciales de toda relación de ayuda, junto a la aceptación incondicional y la congruencia. A nosotros nos importa como base del acompañamiento, pero también como virtud cívica. Una sociedad fragmentada, que se relaciona a través de pantallas y de estereotipos, necesita reaprender a ponerse en el lugar del otro, especialmente de quien es distinto, está lejos o no tiene voz. La empatía, así entendida, tiene una dimensión política.
Cultivarla empieza por escuchar de verdad: sin preparar la respuesta, sin juzgar, con curiosidad por el mundo del otro. Ayuda preguntar en lugar de suponer, y reconocer que nunca comprendemos del todo la experiencia ajena. También conviene cuidar los propios límites, porque quien acompaña mucho sufrimiento puede desgastarse. La empatía no consiste en cargar con el dolor de todos, sino en estar presentes de un modo que haga al otro sentirse visto. A menudo eso es lo que más ayuda.
Sensibilidad ante el sufrimiento propio y ajeno unida al deseo de aliviarlo.
Actitud de acoger a la persona tal como es, sin juzgarla, que Carl Rogers consideró esencial para el crecimiento.
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