Solemos pensar que nuestros deseos son nuestros: que queremos algo porque, de algún modo, eso responde a lo que somos. El pensador francés René Girard puso en duda esta convicción. Según él, no deseamos directamente los objetos, sino que deseamos lo que otros desean. Nuestro deseo es, en su raíz, imitativo.
Girard formuló esta idea en su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca (1961), analizando a grandes novelistas como Cervantes, Stendhal, Flaubert, Proust y Dostoievski. Don Quijote no desea ser caballero andante por sí mismo: desea imitar a Amadís de Gaula. Emma Bovary desea lo que desean las heroínas de las novelas que ha leído. Los grandes novelistas, decía Girard, habían comprendido algo que la filosofía romántica ocultaba: el deseo siempre tiene un modelo.
El triángulo del deseo
Girard llamó a este fenómeno deseo mimético y lo describió como un triángulo: un sujeto, un objeto y un mediador o modelo. Cuando el modelo está lejos —un héroe literario, una celebridad—, la imitación es inofensiva. Pero cuando está cerca —un hermano, un colega, un vecino—, el modelo se convierte fácilmente en rival. Ambos quieren lo mismo, y cada uno intensifica el deseo del otro.
La publicidad conoce bien este mecanismo. Rara vez nos muestra un producto sin más; nos muestra a alguien deseándolo o disfrutándolo. Las redes sociales lo han llevado al extremo: vemos continuamente lo que otros tienen, hacen y viven, y eso alimenta un consumismo que nunca se sacia, porque siempre habrá un nuevo modelo que imitar.
De la rivalidad al chivo expiatorio
Girard llevó su teoría mucho más lejos. En La violencia y lo sagrado (1972) y El chivo expiatorio (1982) sostuvo que la rivalidad mimética, cuando se extiende a todo un grupo, genera una crisis de violencia contagiosa. Las sociedades arcaicas habrían encontrado una solución terrible: concentrar toda esa violencia sobre una sola víctima, el chivo expiatorio, cuyo sacrificio restablece la paz.
La historia está llena de ejemplos: minorías culpadas de epidemias, crisis o desgracias colectivas. Y también nuestra vida cotidiana: el compañero de trabajo al que todos critican, el grupo que se une contra alguien. Reconocer este mecanismo es el primer paso para no participar en él.
¿Podemos desear de otro modo?
Si el deseo es mimético, no podemos dejar de imitar. Pero sí podemos elegir mejor nuestros modelos y hacernos conscientes de cuándo un deseo no nace de nuestra necesidad sino de la comparación. Una pregunta sencilla puede ayudar: ¿seguiría deseando esto si nadie más lo tuviera, o si nadie supiera que lo tengo? La respuesta, a veces, nos devuelve una libertad inesperada.