El capítulo final de La sociedad del cansancio empieza con una imagen inquietante: la sociedad del rendimiento se está convirtiendo en una sociedad del dopaje. Sustancias para mejorar el rendimiento cerebral, jornadas sin pausas, una salud medida únicamente por la capacidad de seguir produciendo. El ser humano, dice Byung-Chul Han, aspira a funcionar como una máquina que no se permite errores ni interrupciones.
El reverso de esa aspiración es un cansancio excesivo. Pero Han no se detiene en el diagnóstico. En las últimas páginas del libro, apoyándose en el Ensayo sobre el cansancio de Peter Handke, distingue dos cansancios radicalmente distintos.
Dos cansancios
El primero es el cansancio de la sociedad del rendimiento: un cansancio a solas, que aísla y divide. Agota la capacidad de actuar y hasta de hablar, y encierra a cada cual en su propio yo exhausto. Es el cansancio de quien llega a casa sin palabras, incapaz de compartir nada, rodeado de gente pero profundamente solo. La soledad del agotamiento productivo.
El segundo es el que Handke describe como un cansancio que desarma. No es falta de energía, sino apertura. Cuando dejamos caer las armas del rendimiento, la ambición y la prisa, aparece una mirada larga y pausada, y una especie de cordialidad desinteresada hacia las cosas y los demás. Han llega a hablar de una «religión del cansancio»: la posibilidad de soltar, por fin, la exigencia de ser siempre más.
El intervalo como tiempo de paz
Una idea clave del capítulo es la del intervalo, el tiempo entre dos tareas. En la sociedad del rendimiento, ese intervalo se rellena de actividad o de estimulantes. Para Han, debería ser un tiempo de paz, que define no como ausencia de guerra, sino como ausencia de la exigencia de rendir. En ese espacio vacío de productividad, el cansancio deja de ser una frontera y se convierte en un puente hacia los demás.
Han evoca la imagen de Pentecostés, una comunidad de cansados reunidos no por la utilidad ni por los lazos de sangre, sino por un ritmo compartido de calma. Una comunidad que no necesita hacer nada para estar junta y en la que el no hacer no es una carencia, sino el fundamento de una convivencia pacífica.
Ensayar otro cansancio
Imaginar una sociedad del cansancio en este sentido positivo puede parecer utópico. Desde Cura sui te proponemos algunos gestos cotidianos para ensayarla. Convertir un hueco de la agenda, que solemos llenar con tareas menores, en un verdadero intervalo donde la única regla sea no hacer. Pasar una cena con amigos sin hablar de trabajo ni de proyectos, dejando que el tiempo simplemente pase. Sentarse un rato sin móvil, sin libro y sin música, y aceptar el propio cansancio sin intentar resolverlo.
Quizá descubramos entonces que hay un cansancio que no nos separa del mundo, sino que nos devuelve a él. Un cansancio que, en lugar de encerrarnos en el yo, nos permite estar cansados con otros. Y que, como sugiere Han, podría ser el comienzo de una comunidad menos competitiva y más humana, una que ya no necesite dopaje para sostenerse.