Michel Foucault describió la sociedad moderna como una sociedad disciplinaria: hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas que moldeaban a los individuos a través de la vigilancia, la norma y la prohibición. Su gramática era la del «no debes» y la del «tienes que».
En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han sostiene que ese modelo ha quedado atrás. Los muros de la institución disciplinaria nos parecen hoy casi arcaicos. En su lugar han aparecido gimnasios, torres de oficinas, bancos, aeropuertos y laboratorios genéticos, habitados no por sujetos de obediencia sino por sujetos de rendimiento: emprendedores de sí mismos.
Del «deber» al «poder»
La diferencia decisiva está en el verbo. La sociedad disciplinaria se regía por la negatividad del «no poder» y del «deber». La sociedad del rendimiento se rige por la positividad ilimitada del «poder»: proyectos, iniciativas y motivación sustituyen a la prohibición, el mandato y la ley. Su lema, dice Han, podría ser el plural afirmativo «Yes, we can».
Este cambio no suprime la presión: la hace más eficaz. El «poder hacer» produce mucho más que el «deber hacer». Y cuando todo es posible, el fracaso ya no puede atribuirse a ningún obstáculo externo. Si no lo consigues, es que no te has esforzado lo suficiente. Por eso, si la sociedad disciplinaria producía locos y criminales, la del rendimiento produce deprimidos y fracasados.
Una libertad paradójica
Aquí aparece la paradoja central del libro. El sujeto de rendimiento se siente libre, porque no tiene un amo que lo explote. Pero se explota a sí mismo, y con más eficacia que ningún patrón, porque la autoexplotación va acompañada de un sentimiento de libertad. Libertad y coacción coinciden. La víctima y el verdugo son la misma persona.
Han discute con el sociólogo Alain Ehrenberg, que en La fatiga de ser uno mismo vinculó la depresión al imperativo moderno de pertenecerse solo a uno mismo. Para Han, Ehrenberg se queda corto: lo que enferma no es tanto el exceso de responsabilidad como el imperativo de rendimiento, la violencia sistémica que empuja a un yo agotado a declararse la guerra a sí mismo. Su lamento final es: «Nada es posible». Lecturas como Happycracia, de Edgar Cabanas y Eva Illouz, han prolongado esta crítica a la industria de la positividad.
Escuchar la voz que nos exige
¿Qué hacer con este diagnóstico? Desde Cura sui te proponemos empezar por mirar. Durante una semana, anotar los momentos en que sentimos la presión de rendir o de «poder más», en el trabajo, en los estudios, en las relaciones o en las redes, y preguntarnos cada vez de dónde viene: ¿de una exigencia externa o de una voz interior que hemos hecho nuestra?
Poner límites a la autoexigencia no es fácil en un entorno que siempre pide más. Pero reconocer que esa voz no es del todo nuestra ya es un primer gesto de libertad. Hablarlo con alguien de confianza, compartir estrategias para proteger el propio bienestar, puede ayudarnos a descubrir que el agotamiento que creíamos un fracaso personal es, en buena medida, un problema común.