Solemos presumir de nuestra capacidad para hacer varias cosas a la vez: responder mensajes mientras escuchamos una reunión, cocinar con un pódcast de fondo, saltar de una pestaña a otra sin perder el hilo. La multitarea se presenta como una habilidad del mundo contemporáneo, casi como un progreso evolutivo.
Byung-Chul Han piensa exactamente lo contrario. En uno de los capítulos más citados de La sociedad del cansancio, afirma que la multitarea no es un avance de la civilización, sino una regresión. Es la atención de un animal salvaje que, mientras come, debe vigilar a sus crías, a su pareja y a los depredadores. Una técnica de supervivencia, no de vida buena.
La hiperatención
El exceso de estímulos, informaciones e impulsos, explica Han, fragmenta nuestra percepción y dispersa nuestra atención. A esa forma de atender la llama hiperatención: rápida, volátil, siempre cambiando de foco y con muy poca tolerancia al aburrimiento. La hiperatención nos permite sobrevivir en la selva de las notificaciones, pero nos incapacita para la atención profunda y contemplativa.
Y esa atención profunda, recuerda Han, es la que ha hecho posibles los grandes logros culturales de la humanidad, incluida la filosofía. El pintor Paul Cézanne podía quedarse tanto tiempo absorto ante un paisaje que llegaba a decir que el paisaje se pensaba en él, y que él era su conciencia. Esa capacidad de recogimiento es lo contrario de la mirada inquieta que salta de estímulo en estímulo.
Un nido de tiempo
Han toma de Walter Benjamin la expresión «aburrimiento profundo». Si el sueño es el punto culminante de la relajación física, el aburrimiento profundo lo es de la relajación espiritual. No es un vacío que haya que rellenar a toda costa, sino un nido de tiempo y de sosiego donde se incuban experiencias e ideas nuevas. Benjamin lamentaba que esos nidos estuvieran desapareciendo, y con ellos el don de la escucha que hace posible una comunidad.
Quien no tolera el aburrimiento, dice Han, se limita a reproducir y acelerar lo que ya existe. En cambio, alguien que se aburre al caminar puede acabar inventando otro modo de moverse: la danza. La creatividad no brota de la agitación, sino de la calma. Y Han cierra el capítulo con una advertencia de Nietzsche: por falta de sosiego, nuestra civilización corre el riesgo de desembocar en una nueva barbarie.
Quince minutos de nada
Recuperar el aburrimiento profundo no requiere retirarse a un monasterio. Desde Cura sui te proponemos reservar entre quince y treinta minutos al día a una actividad sin distracciones digitales: caminar despacio, mirar por la ventana, sentarse en silencio o hacer una tarea manual repetitiva. Después, observar qué sensaciones, pensamientos o ideas inesperadas han aparecido en ese espacio de no hacer.
Otra propuesta: elegir un objeto cotidiano, una planta o una pieza musical y dedicarle unos minutos de atención plenamente contemplativa, sin analizarla ni fotografiarla. Es la contemplación que Han desarrollará años después en Vida contemplativa. Al principio, el aburrimiento se parece mucho a la incomodidad. Si somos pacientes, quizá oigamos al pájaro de sueño removerse en su nido.