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Únete aquíPulsión: Fuerza psíquica que empuja hacia un fin; Freud distinguió entre pulsión de vida (Eros) y pulsión de muerte (Tánatos).
Freud utilizó la palabra alemana Trieb, que se traduce como pulsión, para distinguirla del instinto animal, Instinkt. El instinto es un comportamiento fijo y heredado, orientado a un objeto concreto; la pulsión, en cambio, es una fuerza que nace en el cuerpo, presiona hacia una satisfacción y puede encontrar objetos y caminos muy diversos. Freud la definía como un concepto límite entre lo psíquico y lo somático. Las primeras traducciones inglesas de su obra usaron «instinto», lo que generó durante décadas no pocas confusiones.
La teoría de las pulsiones cambió a lo largo de la obra de Freud. Al principio distinguió entre pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación. Más tarde, en Más allá del principio del placer, propuso una oposición más radical entre pulsión de vida, Eros, que tiende a unir y conservar, y pulsión de muerte, que tiende a la disolución, a la repetición y a la destrucción. Esta última idea fue muy discutida, pero le permitió pensar fenómenos como la agresividad, la compulsión a repetir lo que nos daña o la autodestrucción. Las pulsiones pueden reprimirse, desplazarse o encontrar la vía de la sublimación.
Nos parece valioso este concepto porque nos recuerda que no somos solo razón y voluntad: nos mueven fuerzas corporales y afectivas que no elegimos y que no podemos eliminar. En este sentido dialoga con la reflexión sobre el deseo de muchas tradiciones y con la antigua pregunta por cómo gobernar las pasiones. También tiene una lectura crítica: Freud mostró que la civilización exige renuncias pulsionales que generan un malestar en la cultura, y autores posteriores se preguntaron qué formas sociales hacen más o menos llevaderas esas renuncias.
Pensar en términos de pulsión puede ayudar a mirar con menos moralismo aquello que nos arrastra: impulsos, compulsiones, repeticiones que no entendemos. No se trata de dejarse llevar sin más ni de reprimir a toda costa, sino de reconocer la fuerza que está en juego y buscar para ella cauces que no nos destruyan. En el modelo freudiano de ello, yo y superyó, el trabajo del yo consiste precisamente en esa negociación paciente entre lo que empuja desde dentro y lo que la vida permite.
Tendencia hacia aquello que nos falta. Estoicos y budistas lo vieron como fuente de sufrimiento; para Lacan, es una falta que nunca se colma.
Transformación de impulsos en actividades socialmente valoradas, como el arte o el conocimiento.
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